No quería colaborar con ellos. Robar un banco no le parecía buena idea. Era peligroso.
-Llevaremos escopetas de caza -le decía Anselmo.
-Las escopetas asustan poco.
-Podemos llevar pistolas de juguete, pero asustarán menos que las escopetas de caza si tenemos que disparar.
Marcial no decía nada. Nunca opinaba. Era como un sicario callado, silencioso, eficaz. Marcial metía balines en las escopetas y las probaba repartiendo tiros certeros por los sillones del salón.
-¿Disparan bien? -le preguntó Marcos.
Anselmo asintió.
-Pues llevaremos escopetas, chicos.
Entraron en el banco gritando ¡Visca Cataluña! Los clientes sonrieron. Un empleado gritó señalando las escopetas.
-¡Son ladrones!
-Somos compañeros de trabajo, amigo. Venimos a recoger el dinero porque España nos roba.
Más risas. Anselmo perdió los nervios y disparó. La bala alcanzó al cliente más viejo de la sucursal.
-¡Soy viuda! -gritó una anciana-. ¡Denme el dinero de mi difunto!
Anselmo volvió a disparar. Esta vez alcanzó a un policía. El uniformado cayó al suelo.
-¿Está muerto, señor? -le preguntó la anciana viuda.
-Estoy jodido.
-Seguro que le dan una pensión por incapaz. siéntase jubilado.
Los compañeros del policía herido salieron de la sucursal. Anselmo comprendió que el atraco era un fracaso. Se apuntó con la escopeta y acabó con su vida.
Marcos y Marcial tiraron sus escopetas y se abrazaron.
-Vamos a la cárcel, amigo -dijo Marcial.
-Un buen sitio.
Salieron del banco abrazados. Los policías corrieron hacia ellos. Marcos gritó ¡Visca Cataluña!
-¿Eres catalán, imbécil? -le preguntó el policía que lo esposaba.
-Me gustan las pelas.
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