Sunday, January 02, 2022

Mi amante de La Gomera

Mi amante se estaba divirtiendo. Lo vi hablar con una señora inglesa de edad indefinida. Que yo supiera, mi amante no sabía otra palabra en inglés que no fuera yes. La inglesa lo agarró del brazo y lo llevó por el jardín del parador, lleno de especies subtropicales. Mi amante se dejó llevar. Recordé que le encantaba que le tocaran los brazos musculosos. Mi amante pasaba muchas horas en el gimnasio en La Coruña haciendo pesas. Era el trabajo más duro que hacía.

La inglesa señalaba el mar. Imaginé que le estaba proponiendo fugarse. No me importó. Mi amante era un hombre que salía caro. El día anterior protestó cuando pedí los lomos de conejo rellenos.

-Soy vegetariano -me había recordado-. Sólo como verduras y marisco.
-Mañana pediremos la cazuela de pescados gomeros.
-Te dije que sólo como verduras y marisco.
-También pediremos el potaje de berros.

Mi amante se enfadó. No dijo nada más, pero yo sabía que se había enfadado. Por la noche no me acarició para dormirme. Literalmente, pasó de mí. Se tiró en la gran cama de matrimonio, y empezó a roncar. Me desenamoré al instante. Nunca me gustaron los hombres que roncan.

Ahora estaba fugándose con la inglesa. Subían a un yate atracado en una cala de difícil acceso. Yo los estaba viendo desde el jardín del Parador. Se me acercó un trabajador de recepción menos musculado que mi amante y se ofreció para hacerme una demostración del silbo gomero.

-Silba si quieres.
-Cobro cada silbido a veinte euros.
-Entonces no me silbes nada.
-¿No quiere que le silbe a su novio? Está marchando con una inglesa.
-Lo comparto con la señora inglesa.

El empleado experto en silbo gomero se fue decepcionado. Casi me dio pena. La misma pena me dio mi amante cuando regresó de la tarde en el mar con la inglesa.
-Perdóname -me pidió.
-¿Le roncaste a la inglesa?
-¿Qué dices?
-Te pregunto si la inglesa te echó del yate por roncar.
-Yo no ronco.

Así acabó lo nuestro: con una discusión sobre los ronquidos. Mi amante y yo regresamos a La Coruña en silencio. Ninguno hablaba. Ni siquiera tuvimos palabras para consolarnos cuando el avión sufrió turbulencias. Me abracé a una monjita que rezaba el rosario sin parar. Mi amante se abrazó a la azafata. No pasó nada noticiable. El avión aterrizó en el aeropuerto de Lavacolla. Era un 24 de diciembre. Mal día para acabar una relación. Pero no le iba a decir a nadie que volvía a estar sola.

Yolanda Smith