El perro moría. Se lo dijo el veterinario y llamó a María. Necesitaba el consuelo de la voz amiga, la palabra femenina justa, el timbre de la esperanza, el lo siento. Necesitaba compartir el duelo antes del duelo.
María, siempre combativa, empezó a buscar culpables y puso en la lista de los presuntos a un señor que le daba galletas al perro.
Necesitaba otro can y rápido. María le empezó a buscar un perro como quien busca compañero de piso. Lo encontraría sí o sí. Sabía que lo necesitaba porque vivía solo y hay mucho envidioso en esta Galicia nuestra.
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