Sunday, May 04, 2025

La mujer de mi tío

La mujer de mi tío era rubia y alta, y tenía cara de mala. Cuando abrió la puerta de su humilde casa, me miró como quien mira a una comercial que viene a interrumpir el último capítulo de la telenovela que echan a la hora de la siesta. Por eso fui rápida y le dije:

-Hola, me llamo María Prety y vengo a traerte este papel.

Nada más ver el nombre del que fuera su esposo en la partida de defunción, le echó mano, abrió los ojos como platos, me miró, volvió a mirar el papel y musitó:

-¡Dios mío, ha muerto!

Lo dijo bajito, como hablando para ella sola, pero esas cosas que dices bajito son las que más se oyen. La televisión se apagó y su hijo, hijo también de mi tío, vino a ver qué era aquella mala noticia que estaba recibiendo su madre.

-Tu padre ha muerto, hijo -le dijo la rubia, que no había perdido su cara de mala ni aún sabiéndose viuda del hombre que la había abandonado hacía tantos años.
-Papá... ¿ha muerto?

El hombre abrió más la puerta de aquella vivienda-bajo de la calle Buenavista y pude ver una foto de gran tamaño de mi tío, joven, sonriente, al lado de la rubia que entonces era morena y apoyaba su cabeza en su pecho. Había sido felices, pensé, solo que la felicidad se les acabó demasiado pronto. Después llegaron las peleas, los celos, aquel hijo que ahora era un hombre adulto y decía papá con voz de niño. Papá, papá, papá...

La palabra papá resonaba en mi cabeza con eco de martillo. ¡Papá! Papaíto. Papi. Tu padre.

¡Qué diferentes habían sido las vidas de los hermanos Prety!

Hablamos largamente. La señora con cara de mala me invitó a sentarme en un salón heredado de su difunta madre. Tenía una casa que olía a sopa y a familia; una casa en la que mi tío había sido marido, yerno, cuñado.

Vi más fotos de mi tío por las paredes: casándose, paseando con la ahora rubia por el parque de Santa Margarita, riéndose, fumando, con una copa de coñac en la mano, sentado a la mesa familiar. Había una foto en la que estaban en la cubierta del barco Begoña, aquel ferry que había trasladado a tantos emigrantes gallegos a Inglaterra.

Mi primo me miraba como si yo fuera un resumen viviente de la familia que no había conocido. Le dije que era igualito a su padre y a mi abuela, también su abuela. Sonrió con la sonrisa de mi tío. Quería saber, preguntaba, le contaba todo lo que preguntaba y más.

Fue un día intenso. Conocer a un primo que no has conocido nunca es una experiencia muy fuerte. Pero más fuerte es la llegada de una prima que no conoces con la partida de defunción de tu padre, del padre que no te quiso querer porque los celos de sentirse cornudo lo privaron de la paternidad.

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