El último niño del pueblo ya era un hombre. Seguía viviendo con sus padres, ahora ancianos, conduciendo un coche marca Seat, yendo a misa los domingos y labrando sus tierras. El tractor que utilizaba había sido de su padre y, anteriormente, de su abuelo.
Se llamaba Juan y decidió ser el último de los últimos. No se casaría. No tendría hijos. No marcharía nunca.
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