-Era mío. Mi premio.
En la mesa no la escuchan. Todos aplauden a la ganadora, algunos incluso se ponen de pie para que los vena aplaudir a rabiar a la mujer de negro que sube los escalones del estrado.
En la mesa más próxima Camila Torres no aplaude. Asiste a una pesadilla real con las manos sobre la mesa llena de platos que esperan la cena del festejo. Para Camila Torres se acabó la fiesta.
En el estrado el director del periódico más leído hace entrega del cheque con todos sus ceros intactos acompañados de una escultura modernista con más peso que valor artístico. La mujer de negro sonríe. Balbucea un discurso nervioso que acaba en una lista de familiares y amigos a los que les dedica el premio. Dice que otros escritores lo merecían más que ella.
-Me dijiste que me lo ibais a conceder a mi.
En la mesa, la subdirectora del periódico susurra algo de ir al baño y se pierde entre los invitados sonrientes. Camila Torres sabe que no va a regresar. Ni ella ni el director del diario. Se quedará sola durante la cena mirando como los periodistas se cuelan entre el marisco y el cordero y se postran con sus cámaras ante la mujer de vestido de viuda que ha recogido el premio que le prometieron a ella.
Camila Torres acaricia la carta certificada que recibió hace una semana anunciándole que era la ganadora del premio "Relato breve Ciudad de Cristal" Introduce sus largos dedos en el sobre blanco y saca el papel con todas las firmas y todos los cargos que coronan a los artífices del timo. Se queda con la misiva en las manos mientras un camarero llena los platos que retira intactos sin preguntarle por qué no come.
Es la segunda vez que Camila Torres queda largo tiempo con la carta en sus manos. La primera vez fue cuando la recibió. No se lo creía. Ella era la ganadora del premio "Relato breve ciudad Cristal". Llamó al periódico para confirmar la noticia. La felicitaron y quedaron en hablar los pormenores de la fiesta de la entrega de premios. Saldría en televisión, en el diario al día siguiente. Por eso lo dijo en casa.
Camila Torres los imagina reunidos ante el televisor de la sala preparados para ver el salto a la fama de la escritora anónima. Se imagina a su madre diciendo "no se lo dieron", dejando el televisor encendido y regresando a la cocina donde no hay teles que anuncien premios que encumbran a mujeres de negro y desprecian a la mujer de verde esperanza desesperanzada por el engaño. Se imagina a su padre preguntando cuando llegan al postre dónde estaba la nena o quizá diciendo que reconoció el vestido verde entre las mesas, aquel vestido salido de las mismas manos que cambiaban el bolígrafo por la aguja los domingos haciendo el milagro de otra creación sobre un retal que iba a vestir a la premiada.
Camila Torres deja de imaginar y se levanta sin esperar al tercer día para resucitar en un enfado de impotencia de mujer humilde derrotada. Va hacia la mesa a la que se han trasladado director y subdirectora abriéndose paso a codazos entre los admiradores de la mujer de negro que terminó las palabras e inició las sonrisas desde que bajo del estrado.
-Me dijisteis que el premio era mío.
La subdirectora habla de un error, dice que lo siente, que comprende... y calla. Todos callan y siguen sonriendo. Camila Torres enseña la carta que le concedía el premio "Relato breve Ciudad de Cristal" pero nadie repara en la injusticia. Los flashes siguen adorando a la mujer de negro. Sólo el hombre de rojo que sujeta un micrófono de radio de la capital del país contesta diciendo algo sobre un fraude del "Centro de estudios poéticos".
-Lo conozco pero aquí también hay fraude. Todavía peor: esto es un tongo.
Nadie contesta. El hombre de rojo también calla. Aquella es la fiesta de la sonrisa y Camila Torres es la corderita sacrificada.
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