Wednesday, November 08, 2006

Relato: El novio de la abuela

La abuela era novia y no lo sabíamos. La edad te hace pensar que los amores tras la jubilación son recuerdos de juventud y el futuro de una viuda reciente es suspirar por la ausencia del cónyuge enterrado. Pero los tiempos han cambiado. Ahora el amor tampoco tiene edad para las mujeres. Con ochenta años deseas a uno de cuarenta porque no es coetáneo ni de los hijos ni de los nietos. Es un hombre solitario en la cena de nochebuena que bien pudiera ser el recadero del supermercado. Pero no. Es el novio de la abuela.

Los hijos sonríen nerviosos. Creen que es una broma. El tío Jaime se ocupa del capón que no se deja trinchar fácilmente. Las tías, tan parecidas en la cara y en los gestos, sirven al novio de la abuela. Lo creen un pobre recogido por la abuela en la fría acera. ¿Lo llama novio? Bueno, podría llamarle Pepe. ¿No llama también novio nuestra Laurita a uno de sus amiguitos de la guardería? Los viejos son como los niños.

Pero los niños no se regalan otra cosa que no sea un corazón rojo pintado en una hoja arrancada de la libreta de matemáticas. La abuela le ha regalado a su novio el reloj de mi difunto abuelo. Razón tenía mi padre al reclamarlo como parte de la herencia. Ahora hemos perdido la mejor joya de la familia: un reloj de oro que trajo uno de nuestros antepasados de Cuba.

La abuela está chispa. Ha bebido una botella entera de Rioja. Entre plato y plato entona una canción de doña Concha Piquer. Cuando canta "yo soy la otra" me emociono. Mi madre me mira horrorizada. No le gustan las sensiblerías pero yo no puedo evitar que se me salten las lágrimas.

La abuela es la otra. Nos deja por un novio.

Mi primo no la quiere dejar ir. Levanta la copa de champán francés y brinda por la abuela. Yo no puedo sumarme al brindis: soy abstemia.

La abuela propone un brindis por su novio. Mi familia sufre un ataque de risa nerviosa. Se aferran a la broma en la que creen. Yo me aferro a la creencia real, al reloj de oro que paso de generación a generación y ahora está en la mano izquierda del cuarentón que come y calla en nuestra mesa de Nochebuena.

Miro al niño Jesús que yace en el pesebre a la sombra del árbol de navidad. Este chiquillo está haciendo un milagro. si no fuera por Él aquí teníamos montada la marimorena. En cambio, hay paz.

Nadie repara en el reloj que luce el novio de la abuela. Hasta mi padre ríe. No reconoce el reloj que se le escapa de la herencia.