Tuesday, April 10, 2007

Las vacaciones de Fleur, 10


Fleur despertó con el canto de los gallos. Por un momento se sintió desorientada. Aquella no era su habitación en el convento. ¡Que tonta!. Estaba en el otro convento. La noche anterior había conseguido entrar. Había dormido en la biblioteca sobre una alfombra y tapada con el hábito que se había agenciado. Se levantó y sacudió el traje religioso; ya lo pondría más tarde cuando fuera necesario. Primero haría su tabla de gimnasia, después se lavaría un poco con el agua de la cantimplora y cuando los monjes empezaran sus rezos recorrería el convento. Ese era el plan. Sólo había que ponerlo en práctica.

¿Dónde estaría el servicio?. Recorrió la estancia llena de libros por todos los lados. Tenía que estar en la planta de las habitaciones. Quizá las habitaciones de los huéspedes tenían servicio pero no podía arriesgarse a entrar en una de esas habitaciones. No sabía cuales estaban vacías.

Fleur decidió que una necesidad tan elemental no iba a poner en peligro su estancia en el monasterio. Una de las macetas de la ventana solucionaría su problema. Si en el Palacio de Versalles se utilizaron orinales en una casa de Dios también se podían utilizar. Los monjes no eran tan finos como Luis XIV.

La biblioteca estaba llena de polvo. Se notaba la falta de limpieza. Fleur esperaba que las habitaciones de los huéspedes estuvieran más limpias. Los cristales también necesitaban los servicios de un cristalero. Fleur trató de abrir una ventana pero no pudo. Intentó abrir otra que daba para un patio interior, el famoso claustro, supuso. Consultó el reloj: las cinco y media. Los monjes se levantarían a las seis. Le daba tiempo a echarle un vistazo desde arriba. La ventana abrió al fin. Fleur sintió la piel de gallina. Iba a ser la primera mujer en contemplar aquella joya del siglo XVI. Se asomó.

¡Dios mío! ¡Que belleza!. Un gran patio central rodeado por una galería con arcos de medio punto apoyados en columnas... No, eran dos galerías... Posiblemente lo empezaron a construir cuando aún predominaba el románico y lo acabaron según los cánones del gótico. Algunos claustros se terminaban mucho después de la edificación del monasterio. Los capiteles parecía que estaban decorados... Si hubiera más luz... Fleur se acordó de la linterna que tenía en la mochila. La cogió y enfocó desde su lugar de observación las columnas... Si, en la primera galería los capiteles estaban decorados con elementos vegetales y con figuras del Nuevo Testamento. A Fleur le pareció reconocer la última cena en una de las figuras... Si... debía ser...

Una voz de barítono rompió el silencio.

"Dios te salve María;
llena eres de gracia;...

Fleur casi cae por la ventana con el susto. Retiró el brazo y enfocó el brazo hacía el suelo. Tenía los dedos tan rígidos del susto que no era capaz de apagar la luz. Antes de retirarse divisó un monje en el centro del patio con los brazos hacía el cielo. El monje seguía cantando el avemaría a pleno pulmón.

¡Menuda manera de iniciar los rezos tenían en aquel monasterio! pensó Fleur.
Varias ventanas se abrieron. Fleur reconoció la voz del prior.

-Hermano Moisés ¿a qué viene este escándalo?.
-Padre, se me apareció la virgen mientras le rezaba.
-Vaya para la capilla. Ya hablaremos de eso.
-Me quedo un poco aquí. A lo mejor vuelve y ...
-Le he dicho que vaya para la capilla.
-Tenía un manto de luces amarillas que tropezaba con las columnas del claustro mientras andaba sobre el convento.

A Fleur se le heló la sangre. El imbécil del monje había confundido la luz de su linterna con la aparición de la virgen.

-Hermano, no me haga bajar al claustro. Retírese a la capilla, por favor.
-Padre le he dicho que vino la virgen.
-Espere. Ahora voy yo.