Friday, April 20, 2007

Las vacaciones de Fleur, 11

Henry lamentaba no haberse despertado antes del cántico del monje. Hubiera sido interesante ver aquellas luces pensó mientras contemplaba como el prior arrastraba al monje visionario fuera del patio. Los otros monjes asistían a la escena desde sus ventanas en silencio.

Los huéspedes desayunaban a las nueve en compañía de los monjes.

Jacques le dio un codazo a Henry.

-Aún no han bendecido la mesa.

Henry siempre se olvidaba. Esperó pacientemente a que terminara la oración. Cada comida le parecía más larga la dichosa bendición.

Se dirigió al prior.

-Padre, ¿no viene a desayunar el hermano al que se le apareció la virgen?.

Jacques abrió los ojos como platos.

-¿De qué hablas?
-Esta madrugada un monje se puso a cantar el ave maría a todo pulmón.
-Yo no oí nada.
-No lo oíste porque duermes como un lirón. Aquellos gritos despertaban a una ciudad entera.

El prior tosió. Bebió un poco de café y dijo:

-Lamento que tan desagradable incidente perturbara su sueño, señor. El hermano ya tiene cierta edad y se imagina cosas.
-Si está enfermo deberían llamar al médico -sugirió Jacques.
-La edad no tiene cura, señor. En todo caso, los monjes gozan de todos los cuidados médicos que precisen.
-Vienen las monjas con la ropa, padre -le informo un monje al prior señalando la furgoneta que entraba por el sendero.
-Permitanme un momento, por favor, Tengo que recoger lo que traen.

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La hermana Clara descargaba los pesados cestos de mimbre mientras Teresina hablaba con el prior.

-¡Cuanto tiempo sin verte, Tomás!. Los años no pasan por ti. Estás más mozo que Jacinto.
-Es la gracia de Dios, hermana. Jacinto debió venirse para el monasterio. Sus achaques son un castigo de Dios por incumplir Su voluntad.
-Él también hace cosas útiles, Tomás. Nos ayuda mucho en el convento.
-Nada es más útil que hablar a Dios de los hombres, rezar por los que no rezan... -el prior se interrumpió cuando vio a la hermana Clara empujando los cestos para dentro del edificio .- ¡No, hermana, por Dios!. Eso ya lo haremos nosotros.
-Clarita, ¿olvidaste que no podemos entrar? -le preguntó Teresina.
-No, hermana. Sólo empujaba los cestos. No pisé ni una sola baldosa.
-No se preocupe, hermana, hoy entró la Virgen y no pasó nada -dijo Henry.
-Señor, ¡que cosas dice!. Pero ¿no son ustedes los maridos de nuestras chicas?
-Sí, hermana -contestó Jacques.- ¿Cómo lo pasan por allá?
-Muy bien. Caroline le hace mucha compañía a los viejitos de la residencia. No se les va el tiempo a los pobres. Eso que yo les digo siempre que tienen que trabajar. Las monjas ya vamos mayores y no podemos hacerlo todo... Quien se aburría también era la otra chica... ¿cómo se llamaba?.
-¿Se refiere a Fleur?.
-Sí. Anoche abandonó el convento. Le dejó una nota a Caroline diciendo que iba para una casa rural. ¿No lo sabían?.
-No. Caroline no nos llamó.
-Pues si. La hermana Dolores la vio marchar en aquel coche tan bonito que trajo.
-¿Llevó el coche? -preguntó Jacques.
-Sí.

Jacques miró a Henry aterrorizado. Menuda faena. No sólo los dejaba plantados, también los privaba de su medio de transporte. A ver si pretendía que volvieran a Francia en autostop.

-Hermana, le importaría llevarnos a su convento.
-Claro que no. Ahora que dejamos los cestos hay sitio de sobra.
-Yo me quedo, Jacques.
-Parece que le tomaste gusto a la vida religiosa. Fleur nos deja tirados y tú tan tranquilo.
-Resuelve tú eso con Caroline. Yo no quiero perderme las apariciones de la Virgen.
-Pero ¿a quién se le apareció la Virgen? -preguntó Teresina.
-A nadie, hermana -replicó el prior .-El hermano Moisés tuvo una alucinación esta noche y despertó a todo el mundo con sus gritos. Les ruego a todos que tan penoso incidente no llegue a la opinión pública. Olvidémoslo.
-¿Puedo ver a Moisés? -preguntó Teresina .-Lo conozco de toda la vida y me gustaría ayudarlo a recuperar el sentido común.
-No, hermana. El hermano Moisés está rezando su penitencia en la capilla. Necesita tranquilidad para comprender su error.