
El pasado año 2009 celebramos nuestras bodas de oro Andrés y yo. Parece mentira. ¡Tantos años! ¡Tantas luchas! ¡Tantos sueños aún por cumplir!
Nos conocimos una tarde de toros. Eran las cinco de la tarde. Yo estaba con unas amigas muy entendidas en la Fiesta y Andrés estaba con sus amigos en el burladero. Mis manos jugaban con un collar de dos vueltas. Los toros siempre me pusieron nerviosa. Mis amigas sacaban el pañuelo, pedían orejas, chillaban. Yo estaba de los nervios. El toro que toreaban no dejaba de mirar hacia donde estábamos nosotras. ¿Y si saltaba a las gradas? Me sentí aterrada.
El toro no saltó a las gradas. El espectáculo lo di yo al desparramarse las perlas de mi collar por el suelo justo en el momento en que toda la plaza aplaudía la vuelta al ruedo del torero. Andrés fue el único que se agachó para recoger las perlas falsas de mi collar barato.
Quedamos el domingo siguiente y el siguiente y el siguiente. Andrés y yo fuimos haciéndonos novios. Lo nuestro era un amor de caminar despacio, dejar pasar el tiempo, llegar a la boda. Así hemos continuado hasta hoy: poco a poco, sin prisas.
Dios no nos ha dado más que un hijo. Yo hubiera preferido una niña también. Me he tenido que conformar con un hijo, una nuera y una preciosa nieta. La familia numerosa que siempre desee ha quedado en un sueño incumplido.
Hubo más sueños incumplidos. Por ejemplo, conducir. En su día tuve un seiscientos que liquidé en un choque contra un pino. Andrés me pidió de rodillas que no volviera a conducir.
-No quiero quedar viudo.
Así lo hice. Desde entonces, me limito a ir de copiloto.
Otro sueño incumplido fue triunfar en los negocios. Fracasé con una mercería de barrio. Volví a fracasar con un bar de copas. Mi tercer fracaso empresarial fue una churrería.
-Limitate a ser ama de casa -me rogó Andrés-. Nos llevas a la ruina, cariño.
Andrés es paciente, cariñosos, un amor de hombre. Lo quiero como el primer día. ¿Y él a mí? Creo que me corresponde con el mismo amor desinteresado. Me lo demostró muchas veces.
Todos los días de San Valentín me despierta con una pequeña joya y un ramo de rosas rojas. Yo le regalo un libro de poesía. Hasta en sus lecturas es un hombre peculiar: sólo lee poesía y ensayos. Andrés es incapaz de acabar una novela.
Nuestro hijo, en cambio, es menos dado a los regalos. Andrés siempre le recuerda el día de la madre para que no me falte un regalo en tan señalada fecha.
Andrés y yo no volvimos a los toros desde aquel primer día. Ni a él ni a mí nos gusta el espectáculo taurino. Preferimos pasar las tardes de domingo en el cine. A los dos nos gustan mucho las comedias.
He vuelto a poner muchas veces el collar que se me rompió en la plaza de toros. Andrés se había quedado con un puñado de perlas de las que me ayudó a recoger. Me las dio el día de nuestra boda.
-Toma -me dijo-. Quiero que tu collar vuelva a tener dos vueltas.
-Ya sabía yo que le faltaban perlas, pero pensé que se habían perdido de verdad.
En la cena con la que celebramos nuestras bodas de oro volví a ponerme el collar famoso, el del primer día, el que provocó primero un noviazgo tranquilo y después un matrimonio sin sobresaltos.
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Regalos para mujeres que saben lo que quieren