Mis bolas chinas

¿Puedo quedarme con sus juguetes?, me preguntó. No sabía qué decirle. Acabábamos de celebrar mi despedida de soltera. Mire mis bolas chinas y se las di. El consolador me lo quedé porque iba a necesitarlo tras la boda: mi futuro esposo era un viejo; nada que ver con el joven que guardaba mis bolas chinas en el bolsillo de su vaquero y me decía adiós.