-¿Y cuándo será el incendio? —preguntó el viejo, con voz temblorosa desde su sillón balancín.
El nieto le sonrió, con esa sonrisa suya de niño mayor que está haciendo una trastada de la que todavía no se siente culpable. Se vistió la chaqueta y no contestó.
El viejo volvió a repetirle la misma pregunta. Entonces el nieto le dijo que podría ser ahora mismo.
-¿Nos salvaremos? -preguntó el viejo.
El nieto asintió mientras encendía el fuego con el papel de la orden de desahucio por impago de seis mensualidades de la hipoteca del chalé.
-Esto no se lo cuentes a nadie, abuelo; ni siquiera a tus amigos del bar. Es nuestro secreto.
El fuego e inició con una llama temblorosa, lamió el tresillo, se acercó al enchufe del televisor, serpenteó el zócalo del salón hasta alcanzar la puerta.
El viejo se asustó al ver como el nieto saltaba por una ventana de la casa y lo dejaba solo ante el peligro de un fuego que amenazaba devorarlo también a él. Entonces gritó.
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