El perro se llama Curro y costó 600 euros. Doña Elisa todavía está pagando el préstamo. No es mucho lo que tiene que pagar cada mes, sólo treinta euros, y por una cantidad tan poco significativa una no está sin perro.
Doña Elisa lo saca a hacer sus necesidades imprescindibles cuatro veces al día, algunos días cinco, depende. Cuando Curro ladra pegado a la puerta, doña Elisa sabe que toca bajarlo a la calle. Suele llevarlo al parque. Todos miran a Curro porque es el perro más limpio y mejor vestido del barrio. Doña Elisa le ha tricotado unos chalecos mucho mejores que los que venden en la tienda de mascotas. Su Curro va vestido de alta costura, nada de chubasqueros para canes fabricado en serie.
Doña Elisa dice que sigue pagando puntualmente 30 euros de cuota al mes.
-No es nada. Me cobran más por la lavadora.
Curro desaparece un día en el parque. Iba sin correa porque doña Elisa no tenía las muñecas para aguantar los tirones, por eso lo dejaba corretear entre bancos y flores libremente.
-Me lo robaron -dice doña Elisa-. Curro está secuestrado en una casa que no es la suya.
Doña Elisa, del brazo de su asistenta Paca, se acerca ala comisaría para denunciar la desaparición del can. Lo que no esperaba doña Elisa era salir con una denuncia. Curro había provocado un accidente de tráfico: diez coches habían chocado en cadena al irrumpir en la calzada.
Tal como había supuesto hacía meses, su vida se fue apagando tras el final de su adorado Curro. Sólo pensaba en él. Los muertos humanos que había provocado Curro no le quitaban el sueño. Su pena era la muerte de Curro, nada más.
Su esposa asintió. La nieta de doña Elisa les recordó a sus padres que tenían que acabar de pagar el préstamo del perro de la abuela.
