Mi hermana y yo jugábamos a ángeles. Yo era ángel caído. Vera sólo quería ser un ángel de verdad, bueno, y se ponía la chaqueta blanca de mamá.
-Mira mis alitas -me decía.
-Mamá te va a reñir.
-No me importa.
Claro, a Vera sólo le importaba llevar a cabo su tarea de ángel. Se asomaba a la ventana del salón y siempre encontraba un malo o una mala. Mi hermana le tenía manía a nuestra vecina del 4º, una señora con grandes mechones amarillos alternados con mechones de pelo sin teñir. Decía Vera que Clotilde, así se llamaba la vecina, era una mala persona.
-Vi como le reñía al pobre de la calle, Eva. Le dijo que fuera a trabajar.
-Menos mal que no llamó a los municipales -comenté.
Clotilde solía hacerlo. Como a algún "sin techo" se le ocurriera cobijarse en el cajero de la caja de ahorros, teníamos una patrulla a las tres de la mañana en la calle. Siempre me llamó la atención el caso que le hacían las autoridades.
Mi hermana la odiaba. Un día, jugando a ser ángel bueno, le pintó el coche con un spray rosa. Clotilde puso el grito en el cielo. Fue puerta por puerta lamentando su mala suerte. A mamá le dijo que creía que el culpable era el mendigo del súper.
-Entró en el parking y me pintó el coche porque nunca le doy limosna.
-¿Cómo lo sabes?
-Por el olor. Mi coche olía a sudor.
Estaba loca. Mamá le dijo que debería olvidarse de los mendigos.
-Son vagos y maleantes y tienen que estar en la cárcel -contestó Clotilde.
Mi hermana, en nuestra habitación, intentaba acallar las carcajadas. Clotilde nunca supo que Vera había sido quien le puso el coche a rayas rosas. ¿Cómo iba a sospechar de la niña que le daba los buenos días con cara inocente? Además sabía que mi hermana era un ángel bueno.
