El gato se subió a la silla y, con las patas delanteras apoyadas en el respaldo, miró por la ventana de la cocina. Estaba solo. Fuera, la niña lloraba. Más lejos, la madre trabajaba en el restaurante. No regresaría hasta después de la cena. El marido roncaba en la hamaca del jardín.
Un estruendo tiró al gato al suelo. Maulló. La niña seguía llorando, pero su padre ya no roncaba. El gato volvió a subirse a la silla y vio al hombre ardiendo en su hamaca verde. Aquel moría, pensó el gato, mirando como las llamas de la barbacoa eléctrica lo devoraban.