Thursday, March 20, 2014

Vida de espía: la espía andaluza

 Si alguien pensaba que estaba enamorada del ministro de Economía se equivocaba. Irene sólo amaba una casa de 15 habitaciones, 15 cuartos de baño, tres doncellas, un conductor y un mayordomo. También amaba las fiestas. Estrenar un vestido y recibir los parabienes forzados de las esposas de los otros ministros la hacía feliz. Le gustaba estar rodeada de envidiosas.
 
 Ahora iba a ganar dinero ella misma. El embajador de Cuba en España le había ofrecido una suma importante a cambio de ciertas tareas.
 
 -No correrá ningún riesgo, señora.
 -Eso espero.
 -Aquí tiene los nombres de los que queremos información.
 
 Irene abrió la carpeta que le entregó el embajador. Dentro había una lista de hombres y mujeres a espiar.
 
 -Le enviaré la información en cajas de bombones. ¿Está bien una caja por semana?
 -Mejor dos. ¡Me encantan los bombones!
 
 Se rieron. El embajador era un hombre sobrado de A Irene le recordaba al jefe de su padre, aquel terrateniente andaluz que había muerto coceado por un burro. Nadie había llorado por él. La mujer se volvió a casar y los hijos se repartieron la herencia. Eso fue antes de venir ella a y conocer a su ministro de Economía en una fiesta.
 
 A los dos días de enviar la primera caja de bombones a la Embajada de Cuba Irene recibió un generoso cheque. ¡Aquello era un chollo!, pensó. Le daban un montón de dinero por decirles que el Presidente del Gobierno haría un viaje oficial por Estados Unidos. Era una pena no poder contarles a sus padres que se estaba haciendo millonaria. Un matrimonio de jornaleros andaluces nunca entendería que la hija que empezo a trabajar recogiendo aceitunas fuera una espía bien pagada.
 
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