Daniel se despertó en el banco de un parque. No estaba borracho. Dando tumbos, regresó al piso donde había ido con un amigo para celebrar su despedida de soltero. Le abrió la puerta una anciana con una bata tan vieja como ella.
-¿Qué me ha pasado? -le preguntó.
-¿Quiere una chica?
-No, hoy me caso.
-Parece que no ha perdido usted la memoria.
-Esta ropa no es la mía.
-Su traje lo vendimos.
-No puedo volver a mi casa en chándal.
-Diga que salió a hacer deporte.
Su madre lo creería, pensó Daniel. Seguro que lo estaba esperando con el último desayuno hecho para su único hijo varón. Así era. Mamá sonrió al verlo entrar.
-Mañana te lo preparará Olga.
-No serán las tostadas como las tuyas.
-¿Tienes el dinero de los regalos?
Daniel asintió. Había dejado el dinero en su despacho. Subió arriba. Buscó en los cajones y no encontró nada. Se lo habían robado las chicas. No diría nada. Entonces sonó el teléfono. Era su amigo.
-Me han robado las zorras -le dijo-. Estoy en el parque sin un euro.
-Yo estoy igual -contestó Andrés, y colgó.