El abuelo hizo una masacre: fue de París a Moscú matando perros. Hombre anciano mata chuchos escribió en las farolas. Nadie hizo caso. Parecía que sólo mataba perros no deseados por sus dueños.
-¿Dónde estás, Pepe? -le preguntaba la abuela.
-Estoy en Suiza buscando un curandero para mis articulaciones.
-Eso no es verdad.
-Tú lee el periódico.
La abuela dejó de llamarlo y empezó a pensar en Arturo, un viejo asiduo del Centro de Día Los Rosales. Arturo era jubilado de Fenosa y hablaba poco. La abuela estaba cansada de la charlatanería del abuelo.
La noticia de las andanzas del abuelo cayó en la familia como una bomba. Mamá lloró.
-Soy hija de un asesino de perros.
-¿Los venderá a los chinos? -preguntó Papá-. Los chinos comen mucha carne perruna.
-Lo importante es que ese no vuelve -dijo la abuela señalando el televisor-. Ahí lo tienes en la cárcel rusa. ¡Soy libre!
Me abrazó y yo me sentí triste. La alegría de la abuela no era contagiosa.
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