Tenía edad para ser abuelo y tenía nietos, pero nunca la había visto a ella: una niña rubia con los ojos verdes. Reconoció en su cara a otra niña, seria, también de ojos verdes, que arrastraba un saco lleno de castañas en noviembre.
No le dijo nada a la niña nieta, como tampoco le había dicho nada a la niña que había visto con la misma edad llevando castañas para las meriendas. Su nieta. Su hija.
El vecino le tocó el hombro. ¿De qué hablaban? Su hija lo miraba y él se acordó que hablaban del precio de los terneros en la feria del ganado.
-MI padre pedía más de lo que le pagaron.
-Todos pedimos más, pero va por lo que dan.
Él había pedido una dote de un par de bueyes. No se la habían dado. Había marchado. Ni siquiera volvió cuando le dijeron que había nacido la madre de aquella niña rubia que no lo miraba, la madre de su nieta.
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