Sunday, December 22, 2019

El spa casero

​ Antonio llegó a casa trajeado y con cara de abogado. La vida le sonreía. Los beneficios de su bufete se incrementaban mes a mes. El viejo podía estar tranquilo en la trena.

 -¿Nena?

 Su esposa no estaba. Antonio suspiró cansado. Acto seguido no puedo reprimir un estornudo.

 -¿Amor?
 -¿A qué demonios huele esta casa, nena? No puedo respirar.

 Antonio abre los grandes ventanales del dúplex. Una sirena de policía asciende hasta el séptimo piso. Se oye un bocinazo, otro más, un camión pita con bocina de trueno encendido.

 -Ven al baño, amor.

 Su esposa tira de su brazo. Antonio se deja arrastrar hacia el gran cuarto de baño del dormitorio.

 -¿Por los clavos de Cristo! -exclamó-. ¿Qué pasa contigo, nena? ¿A qué viene esta brujería?

 Antonio le sopla a la vela más grande situada sobre la tapa del váter. La vela no se apaga. Antonio vuelve a soplar.

 -¡No la apagues!
 -Parece que no puedo.
 -Métete en la bañera, amor. Así, no quites la ropa.
 -¡Estás loca!
 -Sí, loca por ti.

 Lo besa. Antonio se deja besar. Se siente tremendamente cansado. La semana anterior la Guardia Civil detuvo a su padre. El viejo llevaba diez años sin pagar impuestos.

 -¿Por qué lo hiciste, papá? -le preguntó Antonio la primera vez que lo fue a visitar a la cárcel.
 -Es la segunda vez que lo hago, hijo. Me niego a pagar impuestos para el ejército. No será con mi dinero con el que el Gobierno compre bombas-racimo.
 -Matas a mamá a disgustos -lo recriminó Antonio.
 -Tu madre aún no me vino a ver. ¿Me podrías conseguir una mujer para un bis a bis?
 -¡Papá!

 El viejo se enfadó. Le dijo que no volviera por allí. Hubiera querido un hijo más parecido a él, un poco don Juan y un poco trilero. Antonio, en cambio, era una buena persona; el yerno que desea toda suegra cabal.

 -¿No te apetece?

 Antonio le aparta las manos a la esposa. Le pide que se vista. Antonio no soporta el cuerpo cincelado por la cirugía. Su esposa parece la hermana melliza de si misma. Antonio hace un esfuerzo para poner en su cabeza la imagen de una joven morena, con grandes ojos azules y cuerpo relleno con las carnes justas. No puede. Ve a una pelirroja de tinte Farmatin, nariz comprada, arrugas borradas, michelines segados por el bisturí, celulitis combatida en un gimnasio... Y la pelirroja quiere meterlo en una bañera llena de pétalos de rosa y rodeada por velas.

 -Vístete, nena, y ven a mirar el telediario.
 -Estás despreciando mi spa casero. No me quieres.
 -Creo que no.
 -¿Hay otra?
 -Sí -le confiesa-. La que me llevó al altar. Ésa. Sólo esa.

 La esposa lo mira con cara de asombro. Después quita el tapón de la bañera y mira como va desapareciendo el agua. Piensa que el agua y el amor se van de la misma forma: poco a poco.