-Aquí estás tú -me dijiste. Y enumeraste todo mi yo buscando un equilibrio que me daría la felicidad.
La felicidad parecía existir en tus palabras. Me recomendaste alejarme de los placeres momentáneos. Tenía que pensar que sólo tenía 4000 pesos, iba a Nueva York, compraba un vestido de 4000 pesos. Había elegido un placer momentáneo. Ya no tenía nada más que un vestido. No había ahorrado porque había elegido un placer momentáneo.
Me volvía loca escuchando tanto consejo de señor que se ganaba la vida dando consejos. Te dejo, coach, pensé. Seré una loca de las compras, una loca de los placeres momentáneos, una mujer feliz a mi manera.
Marché del despacho de mi coach sin despedirme. Lo escuché gritar que volviera. Debía necesitar una cliente para tener él 4000 pesos y no gastar ese dinero en un placer momentáneo.
Hoy compré otro vestido. Me di el placer momentáneo que me hizo sentir guapa, feliz, querida por esa vendedora de tienda que me sonríe porque le han mandado sonreír a los clientes. Soy una víctima de los placeres momentáneos. Lo siento, coach.
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