Tuesday, August 31, 2021

Un busero que no perdona

Su trabajo consistía en atender a un señor durante una hora. Le pagarían el viernes. Luisa contó los días: martes, miércoles, jueves y viernes. Con diez euros tenía para pagar el bus si los metía en aquella tarjeta bonobus que estaba a cero. No lo pensó dos veces. El martes se reiniciaba su vida laboral. Debería sentirse contenta.

Trabajar era duro. Llevaba demasiado tiempo fuera del mercado laboral. Cosas que pasan. Pero Luisa no quería pensar en el pasado. Tampoco quería pensar en el futuro. Para salir de aquel atolladero sólo había que pensar en el presente. Fue lo que le había dicho la trabajadora social de su barrio. Intentó seguir el consejo.

El viaje de vuelta torció sus buenos propósitos. La tarjeta no va, le dijo el conductor del bús interurbano. Luisa se puso agresiva. Le contestó que no tenía dinero. Había metido sus últimos diez euros en la tarjeta. El conductor no se apiadó, le señaló la puerta. Luisa entró sin pagar gritando que vivía de ayudas sociales y sintiéndose la más pobre de los viajeros del autobús.

La bronca estaba garantizada. Una señora mayor empezó a defender al conductor. La llamó maleducada. Luisa empezó a llorar. Entonces se apiadaron de ella, pero no el conductor, sino los viajeros. Una mujer joven se ofreció a pagarle el billete con su tarjeta.

-No todos estamos en la cresta de la ola -la consoló-. Yo también he pasado momentos malos. Me dejaron en tierra por sólo cinco céntimos. Pero tu reclama. Tienes dinero en la tarjeta. La culpa es de la empresa.

Luisa sigue llorando. La señora mayor que defendía al conductor es la señora que más la consuela. Le recuerda a su vecina Petra, la mujer gorda que llevaron la semana pasada para una residencia sus hijos. No querían cuidarla, o no podían. Su vecina Petra también la reñía y después la consolaba. La última vez que la riñó fue cuando le dijo que estaba embarazada de su quinto hijo con treinta años.

Yolanda Smith
Escritora Anónima
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