Cuando llegamos al chalet nos recibió el mayordomo. Mi marido le llamó Leopoldo, como si lo conociera de toda la vida. Recordé que mi esposo es un hombre muy rico. Tiene pozos de petróleo en Venezuela heredados de un abuelo que fue español de nacimiento. Por eso está acostumbrado a tratar con los mayordomos.
Yo tendría que aprender. Puse cara de espanto cuando el mayordomo dijo que estaba a nuestro servicio 24 horas.
-No lo molestaremos tanto.
-A su servicio, señora -insistió el hombre calvo, sonriendo de oreja a oreja.
Mi marido no pudo esperar para probar los esquís. Mientras el mayordomo arrastraba las maletas a nuestra suite, empezó a mirar aquellos palos de hierro que nunca acabé de entender.
-¿Jugamos al golf o esquiamos? -me preguntó.
-Mejor jugamos al golf, amor.
Mi recién adquirido esposo cambió de palos y me agarró del brazo. Parecía que temía que le escapara. ¿Estaría celoso del mayordomo?...
Yo no tenía tiempo para pensar en otros hombres. Tenía que centrarme en aquel deporte que nunca había practicado, aunque a mi esposo le había dicho que era una buena golfista.
Esto todo lo cuento ahora que estoy en Jaca. El caserón que habíamos alquilado para nuestra luna de miel está a 19 kilómetros. Allí quedó mi esposo, en el jardín, donde jugamos al golf hasta que una de mis bolas le dio en la cabeza sin remedio.
Creo que no está muerto. Acabo de recibir una llamada con su número. No le contesté. No quiero saber nada. Sólo quiero huir. Me da igual lo que le haya pasado en la casa de Lárrede. Además, nadie me puede acusar de abandono. Por allí andaba el mayordomo. ¿No dijo que estaba las 24 horas a nuestro servicio? Pues le dejé un servicio por hacer: que atienda a ese hombre millonario que ya no me interesa. Sólo tiene que llamarle un médico para que decida lo que hay que hacer con él.
Yolanda Smith
Historias para no dormir
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