Rosario es una mujer en edad de jubilación. La veo salir empujando la silla de ruedas de su marido con una pena infinita en su mirada. Nunca sonríe. Tampoco veo que le hable al hombre que va sentado en la silla de ruedas que ella empuja como si cumpliera una condena.
La ves y piensas que nunca fue feliz. Tal vez tuvo hijos, hijas. Tal vez tenga algún nieto o nieta. Seguro que tiene hermanos, alguno incluso muerto, porque edad tiene para haber celebrado funerales próximos.
Una compañera de autobús, de profesión auxiliar, dice que, si ella fuera Rosario, tiraría aquella silla de ruedas con el marido por las escaleras y se iría a vivir. El precio de la libertad de las Rosarios con maridos en sillas de ruedas parece que es el asesinato.
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