El sol de la tarde se filtraba a través de las hojas de los olivos, creando un juego de luces y sombras en la carretera. Íbamos sin prisas hacia Jaén. Mi mano estaba entrelazada con la de Samir, mi novio libanés, mientras me contaba historias sobre su infancia en Beirut. Su acento melodioso me envolvía como una suave brisa, y no podía evitar sonreír al escuchar su risa contagiosa.
A Samir le gustaba conducir solo con una mano. La otra mano la dejaba jugando con mis dedos. Sentía como pasaba su dedo índice por mis uñas postizas, como se paraba su dedo meñique en mi alianza recuerdo de un ex marido olvidado, como liberaba mi dedo anular de una tirita que ya había curado un pequeño corte con el cuchillo cebollero,...
Habíamos decidido visitar Jaén por su fama gastronómica, y él había reservado mesa en un restaurante que prometía ser una joya escondida en las callejuelas de la zona vieja de la ciudad. La idea de probar platos típicos andaluces me emocionaba; sin embargo, había algo en el aire que me hacía sentir inquieta. Quizás era la mezcla de olores que llegaban desde la cocina del restaurante o el murmullo de las conversaciones ajenas que parecían susurrar secretos. Siempre fui muy fantasiosa.
Al llegar nos había recibido una camarera rubia con mucho escote y poca falda. Me había sentido celosa. Samir le tocó la mano cuando nos entregó la carta y me susurró al oído que era perfecta para un trío.
El lugar era acogedor, con paredes de piedra y mesas de madera rústica. La decoración era sencilla pero elegante, y el aroma a aceite de oliva virgen extra impregnaba el ambiente. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, desde donde podíamos ver cómo el sol comenzaba a ocultarse tras las colinas.
—¿Qué te parece? —preguntó Samir mientras hojeaba la carta.
—Es precioso —respondí, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza ante la expectativa de lo que vendría.
Pedimos varios platos para compartir: un salmorejo espeso y fresco, unas aceitunas aliñadas y un cordero asado que prometía ser sublime.
Mientras esperábamos, disfruté del momento; Samir hablaba con entusiasmo sobre su familia y sus tradiciones culinarias. Sin embargo, mi atención se desvió cuando vi entrar a una mujer que me resultaba familiar.
Era alta y esbelta, con cabello oscuro y ondulado que caía sobre sus hombros. Llevaba un vestido rojo que resaltaba su figura. La reconocí al instante: era Clara, la exnovia de Samir. Había visto fotos de ella en su teléfono; siempre había sentido una punzada de celos al mirar esas imágenes llenas de sonrisas y momentos felices.
Clara se acercó a nuestra mesa con una sonrisa radiante.
—¡Samir! ¡Qué sorpresa verte aquí! —exclamó mientras le daba un abrazo efusivo.
La tensión en mi pecho aumentó. Samir se puso rígido por un instante antes de devolverle el abrazo con cortesía.
—Hola, Clara —dijo él, tratando de mantener la calma—. Te presento a mi novia, Ana.
Clara me miró con curiosidad y extendió su mano.
—Encantada, Ana. He oído mucho sobre ti —dijo con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
La conversación fluyó entre ellos como si no hubiera pasado el tiempo. Hablaban sobre viejos amigos y recuerdos compartidos mientras yo intentaba encontrar mi voz en medio del torbellino emocional que se desataba dentro de mí. Me sentía como una intrusa en su historia pasada.
Finalmente, Clara se sentó en nuestra mesa después de preguntar si podía hacerlo. Acepté a regañadientes; no quería parecer grosera ni dar pie a más tensiones. Pero cada palabra que intercambiaban parecía cargar el aire con electricidad.
Mientras comíamos, noté algo extraño en Clara: había un brillo inquietante en sus ojos cada vez que miraba a Samir. Era como si guardara un secreto del cual él no tenía idea. Intenté concentrarme en la comida y participar en la conversación, pero mis pensamientos eran un caos.
Después del primer plato llegó el cordero asado; su aroma era irresistible. Mientras servíamos la carne jugosa en nuestros platos, Clara hizo una pregunta inesperada:
—¿Samir? ¿Recuerdas aquella vez en Barcelona cuando…?
Mis sentidos se agudizaron al escucharla mencionar Barcelona; sabía que allí habían compartido momentos importantes juntos. La forma en que ella lo miraba mientras hablaba me hizo sentir incómoda e insegura.
De repente, Samir cambió el tema abruptamente:
—Ana ha estado aprendiendo sobre la cultura libanesa —dijo él con orgullo—. Le he enseñado algunas recetas familiares.
Clara sonrió forzadamente pero no pareció interesada; sus ojos seguían fijos en Samir como si estuviera buscando algo más allá de lo evidente.
La cena avanzó entre risas nerviosas y miradas furtivas hasta que finalmente decidí ir al baño para despejarme un poco. Al salir del cubículo, escuché voces provenientes del pasillo cercano; me detuve para escuchar sin quererlo.
Era Clara hablando por teléfono:
—Sí… estoy aquí… No puedo dejarlo escapar esta vez… No sé cuánto tiempo más podré mantener esto bajo control…
Mi corazón se detuvo por un instante al escuchar esas palabras cargadas de misterio e insinuaciones oscuras. ¿Qué estaba planeando? ¿Acaso había algo más entre ellos?
Regresé rápidamente a nuestra mesa con mil preguntas atormentando mi mente. Cuando volví a sentarme, noté que Clara ya no estaba allí; solo quedaban los restos del cordero asado y las risas apagadas entre nosotros.
Samir parecía distraído mirando hacia la puerta por donde había salido Clara hace unos minutos.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté intentando ocultar mi inquietud.
Él asintió pero su mirada seguía perdida en algún lugar fuera del restaurante.
De repente, sonó su teléfono móvil sobre la mesa: era un mensaje de texto. Lo leyó rápidamente y palideció visiblemente antes de mirar hacia mí con preocupación.
—Ana… necesito hablar contigo —dijo él con voz temblorosa—. Hay algo que debo confesarte…
El mundo pareció detenerse mientras esperaba sus palabras; mis pensamientos giraban alrededor del misterio que rodeaba a Clara y lo que eso significaría para nosotros dos.
Pero antes de poder formular cualquier pregunta o comentario, entró nuevamente Clara al restaurante con una expresión decidida en su rostro. Se acercó directamente a nosotros sin dudarlo:
—Lo siento mucho por interrumpir —dijo mirando fijamente a Samir— pero hay algo importante que debes saber… Estoy embarazada y tú eres el padre del bebé.
Y así comenzó una revelación inesperada: Clara no solo era parte del pasado de Samir; también era el futuro. La vi como tombaba las manos de Samir y las llevaba a su vientre. Samir la dejaba hacer.
La camarera rubia se acercó con la cuenta. Saqué la billetera y pagué.
-Trae una botella de cava -le pedí-. Vamos a hacer un brindís.
Mi novio y su ex se emocionaron cuando alcé mi copa por el nuevo baby.
-Brindo porque voy a ser la madrastra del bebé. Cariño -le dije a Samir-, me has hecho muy feliz embarazando a Clarita. No me apetecía nada parir un hijo.
Yolanda Smith
Escritora anónima
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