Siempre como nuevos, como decía mi ex mujer. Ella tenía una obsesión con los zapatos relucientes, y no descansaba hasta que los míos parecieran espejos. "¡Un hombre se mide por el brillo de sus zapatos!", solía decirme mientras me pasaba el cepillo con una precisión militar. No es de extrañar que ahora, cada vez que veo un par de zapatos sucios, sienta una punzada de culpa y me ponga a lustrarlos como si mi vida dependiera de ello.
Así que aquí estoy, en esta isla paradisíaca, con mis zapatos tan brillantes que podría usarlos para hacer señales a los aviones. Los he dejado apoyados en el tronco de una palmera, esperando que el sol tropical haga su magia y los seque bien. Mientras tanto, me preparo para mi ritual matutino: lanzar con fuerza la botella al mar, como si fuera un mensaje en una botella, y darme un chapuzón en las aguas cristalinas antes de disfrutar de mi desayuno de leche de coco.
La verdad es que este lugar es un paraíso, pero no puedo evitar pensar en cómo llegué aquí. Todo comenzó con una discusión sobre, lo has adivinado, zapatos. Mi ex mujer insistía en que comprara un par nuevo para una boda, pero yo, terco como una mula, me negué. "Estos están bien", le dije, señalando mis viejos pero bien lustrados zapatos. "¡Parecen nuevos!" Ella no estaba convencida, y bueno, digamos que esa fue la gota que colmó el vaso.
Ahora estoy en mi retiro autoimpuesto, lejos de las discusiones sobre calzado y las miradas de desaprobación. He aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, como el sonido de las olas, el canto de los pájaros y, por supuesto, el brillo de mis zapatos. A veces me pregunto si mi ex mujer estaría orgullosa de mí. Probablemente no, pero al menos mis zapatos están impecables.
Después de lanzar la botella con un vigor que solo se consigue tras años de frustración acumulada, me sumerjo en el agua. Es refrescante y revitalizante, y por un momento, me olvido de todo. Al salir, me seco al sol y me dirijo a la palmera donde mis zapatos descansan, brillando bajo el sol como dos joyas.
Me siento en la arena, abro un coco y bebo su leche, saboreando cada gota. La vida aquí es simple, pero tiene su encanto. Y aunque a veces echo de menos la compañía, sé que estoy mejor así. Al menos, mis zapatos siempre estarán como nuevos, y eso es algo, ¿verdad?
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