Mi abuela era madre de siete hijos, pero nunca dejó que eso le robara ni un ápice de su carácter indomable. Vivía en una casa con jardín en las afueras de La Coruña, donde el sol parecía tener un pacto secreto con ella: cada rayo que caía era una invitación a sentarse fuera, a dejar que la piel respirara y que la vida pasara despacio.
Aquel jardín era su reino. No tenía tumbonas ni sillas de diseño, pero sí una colección de potas viejas —esas cazuelas enormes de aluminio que ya no servían para cocinar pero que, según ella, eran perfectas para sentarse-. Las colocaba estratégicamente entre los rosales y las hortensias, y allí se instalaba como una reina en su trono oxidado.
Un verano, decidió que ya era hora de modernizarse. Se fue a Barros, aquel gran almacén que fue leyenda en La Coruña, y volvió con una bolsa de papel que parecía esconder un tesoro. Dentro, un bikini amarillo. Amarillo chillón. Amarillo "aquí estoy yo". Nadie en la familia lo vio venir.
La primera vez que lo vistió, se lo puso sin ceremonia alguna, se sentó sobre su pota favorita —la que tenía una abolladura que encajaba perfectamente con su cadera— y se puso a tomar el sol como si fuera la mismísima Brigitte Bardot en Cannes.
La vecina Nieves, que pasaba por la verja con su perro, se quedó petrificada. "¡Pero, Maruja, por Dios! ¡Que se te ve todo!" gritó, con una mezcla de horror y fascinación. Mi abuela, sin inmutarse, se bajó las gafas de sol, la miró por encima del marco y dijo: "Nieves, si no te gusta, no mires. Y si te gusta, hay más potas libres."
Desde entonces, el bikini amarillo se convirtió en leyenda. Cada verano, salía del cajón como un símbolo de libertad. Y aunque el elástico ya no daba más de sí y el color se fue apagando, mi abuela lo seguía usando con orgullo.
Un día, uno de sus nietos le preguntó si no le daba vergüenza. Ella se rio, se levantó de la pota, se sacudió las migas de galleta de la barriga y dijo: "Vergüenza es tener siete hijos y que ninguno sepa freír un huevo. Esto, cariño, es estilo."
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