Lisboa en diciembre grande y bonita. Lisboa para esta turista de mochila. Lisboa para ir vendiendo artesanías y pagarme el viaje. Lisboa para conocerte a ti y descubrir el amor a los cuarenta y cinco.
Llegué a Lisboa huyendo de la familia. Mi segunda hija me había hecho abuela de mi segunda nieta. ¡Y solo tenía 45 años! Me venían ganas de meterla en la cárcel. Eso no se le hace a una madre.
Así acabé en el mayor mercado navideño de la capital, con atracciones, pista de hielo y un ambiente cosmopolita para una pueblerina como yo.
Tú trabajabas en una caseta vendiendo vinos. Me ofreciste una copa cuando me viste mirando las etiquetas con mis gatitos en los brazos. Acepté. Y acepté una segunda copa. Después, le ofreciste vino a otro potencial cliente y te olvidaste de mí. Las casetas del mercadillo ofrecen desde productos gourmet, como tu vino, hasta artesanía moderna.
Seguí andando hasta que eché en falta mis gatos de madera hechos artesanalmente por mis manos de madre de cuatro hijos. Volví atrás y vi como un niño llevaba mis gatitos. Me dio pena quitárselos.
Volvimos a vernos delante del árbol gigante en Terreiro do Paço. Dabas la mano al niño que me había robado los gatos. Después supe que era tu hijo. Me lo contaste en uno de aquellos conciertos gratuitos que completan la experiencia de esta mujer llegada de Galicia a Lisboa en Navidad.
También me dijiste que estabas divorciándote de la madre del niño. Susurraste a mi oído que la madre de tu pequeño era cleptómana...
No me atreví a decirte que tu niño también es cleptómano. Pobre. Y no te podrás divorciar de él.
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