Mi hija me llamó desesperada: su hermana había estrenado un vestido rosa a juego con el forro polar que le habían comprado a las dos y ella solo tenía un chándal.
-Parezco la hija de la criada.
-Lo eres, cariño. Yo, tu madre, soy una criada.
-¡Pero soy la hija del marqués!
Sonreí. Mi chiquilla era una revolucionaria. Llegaría lejos. Se lo dije a su padre, el marqués e Peñaflor, cuando lo llamé para recordarle que nuestra hija, fruto de aquel lejano amor de adolescentes, tendría que estrenar un vestido nuevo por Navidad.
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