Habían planeado que al atardecer del primer día del mes sagrado, Holly marcharía. Después de un día sin comer y beber, todo el mundo estaría en sus casas comiendo y recitando las oraciones del Corán. Aunque la guerra continuara para llenar de mártires el paraíso por la noche los musulmanes no se privarían de rezar.
-¿Qué estás haciendo?
-Arranco las malas hierbas.
¡Maldita americana!, le decía que cogiera una hoja de cada col y se ponía a arrancarle el opio.
-Déjalas. Gracias a Alá no es todo polvo. Las hierbas le dan frescor a mis verduras.
-En América las quitamos.
-Aquí tenemos otras costumbres.
Lástima que no hubiera más. Su padre comenzó a cultivar opio cuando la sequía terminó con los frutales. Iba a venderlo a Pakistán con su hermano Hamid. Cuando se casó con Aziz se acabó el negocio. Su marido dijo que él era un hombre honrado. Podía sacar a su familia adelante con su trabajo. Menos mal que su madre continuo el cultivo a pequeña escala en unas macetas escondidas en su habitación. Cuando murió Aziz, Nashima reanudó el antiguo negocio familiar de forma clandestina. Con la venta del producto en la ciudad iban tirando.
-¿Sabes coser con las máquinas? -le preguntó Holly.
-Será cuestión de aprender.
-Sí, deberías apuntarte a un cursillo de costura.
-¿Dónde?
-En una academia.
¡Lo que le faltaba!. Casi no podía pagar el colegio de Noriya y aquella quería que fuera ella a clase.
-Yo tengo que trabajar, Fariba.
-Pero cómo vas a montar un taller de costura si no sabes utilizar las máquinas?.
"De la misma forma que las conseguí".
-Alá es grande.
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Al atardecer del tercer día Holly marchó.
Que Dios te proteja y nos proteja, pensó Nashima. Las heridas de Holly habían evolucionado bien. Antes del amanecer estaría con su gente.
Su madre había tragado el cuento de que Holly era Fariba , la mujer de su hermano Hamid. Mejor así. Ahma estaba tan enamorada de su único hijo que soñaba día y noche con él. "¡Trabajaba tanto!. Por eso no podía acompañar a su esposa en la visita. ¿Fariba había marchado sin quedarse a la "iftar"?. Ah, tomaba la comida de fin de ayuno con su marido. Era una buena esposa musulmana".
Nashima no sabía si la verdadera Fariba era una buena esposa musulmana. Estaba segura de que su hermano esa noche tendría dátiles, fruta fresca, aperitivos, bebidas,... Su "iftar" no iba a limitarse a verduras del huerto y a agua del pozo.
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A Holly la enviaron a Kabul en un avión militar. John ya había sido repatriado. Sólo tenía una herida de bala en una pierna. Los mandos le dijeron que era una heroina. El presidente Bush quería prepararle un homenaje en EEUU por su servicio a la Patria. Holly se negó. A ella no le correspondían las medallas. Había sobrevivido tres días en territorio hostil gracias al coraje de una mujer musulmana.
Llegó a Nueva York como había salido: como una ciudadana anónima.
John la había dado por muerta. Justo antes de la emboscada le informaron de su caída.
-Es un milagro que estés viva- le repetía constantemente-. Los afganos son unos salvajes.
-No todos -le contestaba ella.
-Yo no pienso volver- dijo John cuando le dieron el alta-. Quedé harto de tanto salvaje. Los pilotos no teníais que aguantarlos. Se vive mejor en América. Allí roban hasta la ayuda humanitaria.
-¿La ayuda humanitaria?
-Una tipa robo unas máquinas de coser de una ONG.
-¿Cómo sabes que fue una mujer?
-Había un trozo de tela azul del burka enganchado en una ventana.
Holly se acordó de las máquinas de Nashima. "¿Cómo las conseguiste?. Alá es grande". ¡Dios mio!. Había sido ella.
En ese momento a John se le cayeron unas revistas al suelo.
-Deja. Yo las recojo.
Una revista estaba abierta en una página donde había una foto de un campo muy verde. A Holly le pareció reconocer aquellas plantas.
-¿Qué es esto, John?- le preguntó a su marido.
-Opio. Lo cultivan al norte de Afganistán. En la zona de Mazar-i-Sharif hay muchos campos de esa mierda. Se lo venden a las repúblicas musulmanas de la antigua Unión Soviética.
Opio.
Aquellas eran las malas hierbas del huerto de Nashima.
Holly pensó en su hermano menor muerto de sobredosis con sólo dieciocho años. Desde los quince años consumió drogas como las que cultivaba Nashima. Después le vino a la mente la imagen de una mujer descosiendo el amplio dobladillo del burka de su hija para taparla a ella. Un brazo fuerte que la arrastraba en medio de una multitud que contemplaba el atentado para salvarla de un linchamiento seguro.
No podía juzgarla.
Su sentimiento hacía aquella joven viuda con tres hijos siempre sería de gratitud y de admiración.