Tuesday, September 25, 2007

Alejandro en El Hierro, 1


Alejandro sale de la lancha mareado. Tiene más nauseas que una mujer embarazada de pocos meses. Su acompañante, en cambio, está en plena efervescencia. Alejandro piensa que es hiperactiva.

Se vieron en persona por primera vez en Barajas. La reconoció al primer vistazo. Diana llevaba el mismo traje que vestía cuando se quitó la foto que le envió por e-mail. Tenía la imagen de la típica funcionaria con cargo próximo al poder político. Carecía del aire chic de las mujeres francesas, pero era guapetona.

-Cariño, ya he conseguido un taxi.

Alejandro sonrió. Las cosas pintaban bien. Cuando una mujer te llama cariño la perspectiva es esperanzadora.

-¿Y las maletas?.

Diana señala al joven que empuja un carrito delante de ellos.

Durante el corto trayecto hacía la casa rural donde se van a alojar Alejandro queda impresionado por el paisaje totalmente virgen. Esperaba encontrarse con una sucesión de grandes hoteles como en Tenerife. Todo lo contrario. El Hierro es una isla prácticamente desértica; a lo sumo unos diez mil habitantes o incluso menos.

-Pensaba encontrarme otra cosa -murmura Alejandro-. Nena, ¿sabes si la conexión a Internet es buena?.
-¿Para qué quieres Internet, cariño?. Me tienes a mí y a este hermoso paisaje volcánico. Somos dos volcanes juntos.

Diana se ríe con esa risa contagiosa que hace reír a la gente sin haber el motivo de hilaridad.

-La conexión a Internet en el Parador suele ser buena, señor -dice el taxista.
-Nosotros no vamos al parador, le dije a "Punta Grande".
-Sí, señorita. Allí los llevo.

Alejandro se siente confuso. Por primera vez en su vida permitió a una mujer que no es su madre hacer las reservas. Teme lo peor, pero se convence de que todo irá bien. El "Punta Grande"... hum... suena bien.

-Ya llegamos. Diana lo pellizca para que pague el taxi. Siempre lo hace pagar a él.

A Alejandro le cae la billetera.

-¿Es aquí? -balbucea-. Pero ¿qué mierda de hotel has elegido, nena?.

Diana le da un billete de cien euros al taxista.

-Vamos, cariño. Es un hotelito maravilloso. Sólo cuatro habitaciones y las cuatro para nosotros.
-¿Cuatro habitaciones? ¡Sólo somos dos! ¿O es que has invitado por tu cuenta a alguien más?.
-No, cariño. Dijiste que no te iban los tríos ni las orgías.

Alejandro se sonroja. El taxista escucha encantado la conversación.

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Entran en un jardín cuidado. La casita que según Diana es un hotel hace equilibrios sobre un acantilado casi flotando sobre el mar encrestado. Alejandro piensa si será una construcción segura.

-Tenga la propina.

La señora que los recibe sonríe de oreja a oreja y guarda en el delantal los cien euros que le da Diana. Pero... si esa es su cartera. Alejandro le quita la billetera.

-Trae aquí, nena. Tú repartes mis billetes como si estuvieras jugando al monopoly con todos los desconocidos que te encuentras.
-Cariño, hay que ser amable con la gente. Acuérdate de darle una propina al botones.

Un hombre entrado en años y sobrado de kilos agarra las dos maletas.

-Déjelas, señor, yo las llevo.

Alejandro carga con las dos maletas. Prefiere ahorrarse la propina.


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Diana es guapa. Se desnuda con naturalidad, como si estuviera sola en la habitación. Tiene un cuerpo delgado a base de gimnasia barata. Todas las mañanas sale a correr esté donde esté. Sólo la priva de sus carreras adelgazantes la lluvia algunos días.

Minifalda, top y sandalias acaban tirados en un rincón de la habitación. Diana deshace un recogido descuidado con una pinza y una cascada de larguísimo pelo moreno le cubre la espalda. Le sonríe:

-Hace calor, cariño. ¿No te quitas algo?
-Le dijiste a la señora de abajo que nos subiera la cena.
-¿Y qué?. Seguro que ya ha visto muchos hombres desnudos sobre todo turistas europeos del norte.

Empieza a desabrocharle los botones de la camisa.

-Ten cuidado, es de Armani. No la tires en el suelo.
-La pagaste, ¿no?. Entonces hasta la puedes romper si quieres, Armani está deseando incrementar sus ventas.


La camisa acaba en el montón de ropa.


-Los pantalones no los quito.
-¿Por qué? ¿Tan acomplejado estás?. Ya te dije que el tamaño no es importante.

Alejandro se siente ridículo. Generalmente es él el que toma la iniciativa. Hasta en los puticlubs las mujeres son sumisas, no hacen lo que se les ocurre simplemente porque no se les ocurre nada.

Agarra el pantalón también de Armani. Diana se lo baja de un tirón. Queda en slip justo cuando llaman a la puerta.

-¿Su cena, señores!
-¡Pase!

Alejandro quiere gritar un no, pero queda mudo, con los pantalones en los tobillos y un minúsculo calzoncillo azul.

-Ponga sobre esa mesa la bandeja. ¿Cómo se llama usted?
-Isabel.
-Encantada, Isabel. Yo soy Diana y mi pareja es Alejandro.
-Espero que estén cómodos en el hotel. Si necesitan algo llamen a recepción.
-Así lo haremos.

Cuando Isabel sale de la habitación, Alejandro tiene la sensación de que han pasado varios siglos. No sabe si siente vergüenza o humillación. Diana, en cambio, parece sentirse en su salsa enseñando su perfecta desnudez femenina.