Tuesday, October 02, 2007

Alejandro en El Hierro, 2






En mitad de las tierras de pastos se levanta la blanquísima ermita de la Virgen de los Reyes. No se ve una sola persona. Alejandro empieza a preguntarse si realmente le gusta la naturaleza pura. Él suele hacer turismo rural pero nunca por parajes similares.

-¿Por qué paras?
-No se puede continuar por este barrizal. Si nos queda el coche clavado aquí tendríamos que regresar andando a ese hotelucho que elegiste.

-¡Qué exagerado eres! continua. El todo terreno lo puedes echar hasta campo a través.
-Las mujeres no sabéis conducir. Baja, nena. Si te interesa tanto llegar a la ermita hay que andar un trecho.
-¡Muy bien! Tú vas andando y yo llevo el coche.

Diana lo empuja.

-¡Quieta!

Justo en ese momento golpean el coche por atrás. Se vuelven y ven un par de vacas. Alejandro siente que se le hiela la sangre. En la Dehesa los pastos son comunales. Nadie cuida al ganado. Aquellas vacas harán con el coche lo que le venga en gana. Alejandro se pregunta si los cristales del todo terreno aguantaran las embestidas de las fieras.

-¡Hola, vaquitas!
-¡Cierra la ventanilla! ¿Estás loca o qué?
-Cariño, a los animales hay que hablarles para calmarlos. Mira lo simpáticas que son.
-Eres una ingenua -Alejandro cierra la ventanilla-. Nunca viste una vaca en tu vida.
-Creo que tú tampoco, cariño. ¿No me dijiste que siempre has vivido en ciudades?

Alejandro intenta dar marcha atrás. Los animales vuelven a golpear el coche. Ahora se ha unido un toro al grupo. Alejandro empieza a rezar en alto. Nunca pensó que moriría corneado por un toro como iba a ocurrir si el de arriba no se apiadaba de su alma pecadora.

-¡Cariño! ¡Ya no eres ateo! La Virgen de los Reyes acaba de hacer un milagro en tu persona. Esto hay que contarlo.

Alejandro no puede dejar de murmurar un ¡Dios mío! mezclado con un padrenuestro mal recordado de la catequesis de la primera comunión.

Diana abre la puerta de su lado.

-¡No! -chilla. Cierra la puerta y agarra a Diana por las manos.
-¡Suéltame! Me vas a romper las uñas. Son de porcelana.
-Eres un fraude. Uñas falsas, melena de extensiones,... Y yo voy a morir al lado de la mujer con más trabajo de peluquería que existe en todo el país.
-Yo no pienso morir. Las vacas nunca mataron a nadie, exagerado.

Otra vaca se une al grupo que rodea el automóvil. Ya son seis animales olisqueando el coche. Alejandro contiene a duras penas sus ganas de chillar.

-¿Turistas? -pregunta una voz masculina con acento canario.
-Sí, ¿eres el dueño de las vacas? A mi pareja lo asustaron tanto que ya estaba preparándose para morir corneado como si fuera un torero.
-No parece un torero. ¿Cómo te llamas? Yo Adolfo.
-Si apartas tus vacas del coche nos vamos -dice Alejandro.
-Sólo tienes que poner el coche a andar, las vaquitas se apartan solas.
-Yo soy Diana y mi pareja se llama Alejandro.

Diana no puede decir más. El todo terreno arranca como una flecha.

-¡Estaba hablando!
-No me importa. Tú hablas con cualquiera, hasta con los fascistas.
-¿Cómo sabes que ese chico era fascista?
-Dijo que se llamaba Adolfo. Si no fuera un nazi no se llamaría así, habría cambiado el nombre al llegar a los dieciocho.