Wednesday, October 03, 2007

Alejandro en El Hierro, 3



Alejandro no podía dormir. Un día entero sin Internet. Ni siquiera en el Parador consiguió una conexión decente. Por la noche se acercó a Valverde y encontró un ciber. Por fin pudo contestar todo el correo pendiente.

No había nada importante. Podía pasar un día más fuera del mundo habitado. Pero el lunes regresaba. Tres días eran lo ideal para conocer un sitio y una mujer a la vez. Una combinación binaria perfecta para un hombre.

El Hierro no le gustaba. Para su gusto le faltaba vidilla.

Diana despierta y lo abraza. Es una mujer insaciable. En una sola noche han hecho el amor diez veces.

-¿Estás preocupado?
-No, para nada.
-Me parece que sí. ¿Van mal tus empresas?
-Van perfectas. Tenemos más trabajo del que podemos hacer.
-Contrata a más gente.
-No es tan fácil como tú crees. Antes tengo que firmar contratos con los clientes.
-Coge a gente de las ETTs.
-¿Por qué te interesan tanto los negocios, nena?
-La vida es un negocio. Fíjate en esta isla tan estupenda, ¿cuánto tiempo crees que van a aguantar el pulso de las cadenas hoteleras?
-No les venía mal tener un hotel decente.
-Tienen lo que necesitan. Son agricultores y pescadores que complementan sus ingresos con un turismo respetuoso con el medio ambiente.
-Sí, con un campo de vacas sueltas que ponen en peligro la integridad física de las personas.

Diana se ríe.

-No eres nada valiente. Te dan miedo los animales. Creo que tengo que pensar en otro regalo para ti.
-¿Un regalo? Espero que estés a la altura. Estás pasando un fin de semana de gorra.
-Según se mire...

Diana se levanta. Alejandro enciende la luz. No hay mejor espectáculo que un cuerpo femenino perfecto enseñado sin tabúes educacionales. Diana regresa con una cajita amarilla que parece de plástico. Alejandro piensa si será un reloj. No recuerda ninguna marca con estuche amarillo. Si Diana lo compró en una tienda de Barajas puede ser una marca poco conocida.

-Cierra los ojos y dame la mano.

Alejandro sonríe. Es un reloj. Nunca se equivoca. Cuando era niño su madre se desesperaba porque siempre acertaba el contenido de los paquetes perfectamente envueltos en papel de regalo. "¿Cómo lo haces?" le preguntaba. "Siempre se regala un objeto con el que relacionas a una persona" contestaba Alejandro.

Diana lo relacionaba con un reloj por su meticulosidad. En eso tenia razón: era el hombre método.

-¡Ah!... ¿qué mierda es esto?

Alejandro, cuando abre los ojos, ve en su mano una especie de lagartija verde. La arroja contra la pared y contempla su mano pegajosa por el contacto con el reptil.

-¡Qué asco!
-¡Eres un salvaje! Has matado un lagarto del Salmor... Pobrecito... -Diana lo coge en su mano con cuidado-. Parece que aún respira - lo coloca en una maceta que tiene una planta que Alejandro no reconoce.- Mira como come las hojitas. ¡Es monísimo!

Alejandro no puede más. Ni siquiera llega al baño. La cena acaba en una vomitona sobre una alfombra tan verde como el Lagarto del Salmor.

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-¿Estás segura de que en ese monte no hay animales sueltos?
-Ya oíste a Isabel. Sólo hay árboles.

Alejandro intenta centrarse en la conducción mientras la mano de Diana toca su pierna. Lo pone a cien. Es la mujer sexo, un anuncio indecente continuo. Alejandro la considera capaz de hacer el amor en las Ramblas sin inmutarse por la multitud paseante.

-Ya llegamos. ¡Mira!

Alejandro nunca imaginó nada igual. Un amplísimo bosque maleado por los vientos atlánticos que se dobla sin morir.

-Esas son las sabinas.
-¿Sabinas?
-Sí, árboles que tras ser abatidos por el viento vuelven a erguirse.
-Parecen sacados de una película de terror. ¿Cómo sabes tanto de el Hierro?
-Culturilla general.
-Nadie lo diría.
-No vayas por ahí.
-¿Por qué?
-Es zona militar. Van a construir un radar los de Defensa.
-¿Cuántos años tendrán estos árboles?
-Deben ser milenarios. ¿Te gustan? Podemos arrancar uno y llevarlo si quieres.

Alejandro pensó que quedaría perfecto en la casa de la aldea. Le daría al jardín un toque exótico.

-¿Habrá algún vivero donde comprar uno?
-No creo.

Diana sacude uno de los árboles.

-¿Qué haces, nena? Es imposible arrancarlo con las tremendas raíces que debe tener.
-Entonces tendrás que contentarte con una rama torcida.
-Déjalo, seguro que es un delito ecológico llevar un tronco. Mañana por la mañana tengo que marchar y no quiero problemas.
-¡Hola! ¿Paseando? ¿De dónde sois?

Un hombre envejecido por el sol los contempla con curiosidad. Es un pastor. Sus cabras se disputan los escasos hierbajos en silencio.

-Yo soy de Madrid y...
-Yo he vivido en muchos sitios -la interrumpe Alejandro antes de que Diana desvele su patria chica.
-Bienvenidos al Hierro. ¿Llevan muchos días?
-No, sólo venimos por tres días -dice Diana-. Nos alojamos en el "Punta Grande".
-Buen sitio para descansar, al ladito de la mar. ¿Los trata bien mi cuñada?
-¿Es usted familiar de Isabel?
-Sí, señorita. Su marido y yo somos hermanos. Él es pescador
-¿Y a usted no le va la pesca?
-Ya me jubile hace dos años. Ahora peleo con las cabras para ganar un dinerillos extra, ¿verdad "Cascabelina"?

La aludida deja los hierbajos y le lame la mano arrugada.

-¡Qué encanto! ¿Cuánto cuesta una cabra?
-¿Qué? Ni se te ocurra, nena. Yo no vuelvo con un bicho para casa.
-Ya sé que no te gustan los animales, tonto. Quiero la cabrita para mi.

Diana le quita la billetera del bolsillo de las bermudas.

-Le va mejor una jovencita, señorita -le dice el pastor-. La "Cascabelina" es un poco grande para llevarla en una jaula. Mire ésta que es su hija pequeña.
-Esta misma. Tenga.

Diana le da un billete.

-No tengo cambio aquí. Le llevaré la vuelta al hotel.
-Déjelo, señor, mi pareja da propina a todo el mundo.

El pastor se aleja silbando. Alejandro mira la billetera.

-¡Nena! ¿A ti te parece que soy el Banco de España? Pagaste cien euros por una mierda de cabra.

La "cascabelina" hija intenta cornear con su incipiente cornamenta las piernas desnudas de Alejandro.

-¡Qué simpática! -se ríe Diana-. Se parece a la cabra de la Legión.