
-Es algo divino, ¿verdad, cariño?
Alejandro sonríe. Le resulta tremendamente gracioso ver la cara de sorpresa de Marta. Se nota que ha viajado poco.
Están en un cafetín moruno. El sol empieza a desaparecer en un ocaso rojizo que acentúa el color de las paredes de barro cocido.
En la plaza de Jema el -Fuaa empiezan a aparecer una serie de personajes pintorescos entre la multitud deseosa de diversión.
Un limpiabotas se les acerca.
-¿Limpio?
-No, gracias.
-Un poco sucio, señor y yo "barato, barato".
-Tiene razón, cariño. Tus zapatos tienen algo de polvo.
Alejandro se sonroja. Le parece que todo el café lo está mirando.
El limpiabotas ha tomado las palabras de Marta como una petición de servicios y empieza a limpiar el zapato derecho de Alejandro.
-¿Españoles? Mi hermano anda por allá. Creo que está en Barcelona.
-¿También limpia zapatos? -le pregunta Marta.
-No, señora, tiene un buen trabajo. Gana mucho dinero. Viene todos los veranos con su mujer española y dos niños rubios.
-¿Su mujer española? ¿Cuántas mujeres tiene?
-Cuatro contando a la española. Bueno, la española cree que ella es la única mujer de mi hermano.
En la plaza la gente se agolpa entorno al ring. A alejandro no le gusta el boxeo, pero accede a acercarse ante la insistencia de Marta.
-Nunca vi un combate en directo.
El combate enfrenta a dos chiquillos de unos diez años.
Marta lanza un chillido, se pone blanca y sólo un rápido gesto de Alejandro evita que caiga en el suelo polvoriento.
Una aguadora grita:
-¡Agua!
Antes de que Alejandro lo pueda evitar, ya ha lanzado medio cántaro de fresquísimo líquido sobre la joven. Marta despierta confundida. No sabe lo que le ha ocurrido. Le parece un sueño con un príncipe que no se atreve a besarla. Antes de que se atreva ella a tomar la iniciativa, una musulmana ataviada con ropas típicas le agarra la mano.
-Va a ser usted muy feliz. Un gran futuro con un hombre rico y muchos niños corriendo por una casa con jardín.
La aguadora le pide treinta dirhams. Alejandro contesta que no pagan el diluvio que los ha duchado a medias. La adivinadora deja su tarea adivinatoria y se suma a la petición de pago por servicios. Varios turistas observan la escena. La pelea de chiquillos en el ring ya ha terminado.
Finalmente, Alejandro les da un billete de diez euros a cada mujer para quitarlselas de encima.
-Espere, señor, por otro billete español como este también le cuento su futuro.
Alejandro arrastra a Marta lejos de todo futuro inventado por un billete.
-Cariño, ¿no quieres saber lo que te depara la vida?
-De momento la vida me trajo un desmayo tuyo y un grupo de piradas haciendo su agosto.
Alejandro trata de salir de la plaza, pero Marta se vuelve a parar. Esta vez es un encantador de serpientes el que ha llamado su atención.
-Esas serpientes están domesticadas.
-Sí, como los leones del circo, ¡no te jode!
Los reptiles reptan por el cuerpo del hombre como si de un árbol se tratara. Se suman al espectáculo un par de bailarinas que dan saltitos entre las serpientes del suelo.
Marta aplaude entusiasmada.
-No aplaudas, nena, esto no es flamenco.
-¿Español?
Una mujer musulmana sin velo se cuelga del brazo derecho de Alejandro.
-Yo te puedo hacer feliz.
-¡No!
Se acerca otra mujer. Lo agarra del otro brazo.
-Conmigo serás más feliz, españolito guapo.
Alejandro la mira asombrado. Lleva velo y es prostituta como la primera.
-¿Qué hacen esas tipas contigo, Alejandro? ¿Te quieren leer el futuro?
Alejandro sacude los brazos para liberarse de las manos excesivamente enjoyadas que lo sujetan disputándolo como cliente.
-No, me quieren leer la cartera.
Un hombre con malos modos pasa un cestito. Alejandro se asusta. Piensa que es el chulo de las prostitutas.
-Ustedes estuvieron mirando -les dice.
-Yo no mire nada. Me miraron ellas a mí.
El hombre señala el ring.
-No peleo. Tenga -Alejandro le da un billete de cien euros. El hombre le aprieta la mano. Cuando lo suelta son las prostitutas las que le piden dinero por mirarlas.
-No les des nada -grita Marta-. Son un asco. Y tú eres un tonto. Acabas de dar cien euros por mirar una salvajada.
-¿Una salvajada?
-Sí, ¿qué es sino un combate de niños?
Alejandro respira aliviado. El hombre no era el proxeneta de las prostitutas. Era el recaudador de los del ring.