
Parecía mentira, pero nunca había estado en Marraquech. En Túnez estuvo varias veces con Margot cuando aún era un colegial de colegio de curas.
Alejandro decidió que iría a Marraquech con la siguiente acompañante de fin de semana cuando Alberto, su socio de aventuras empresariales, regresó de luna de miel. Le enseñó varios cientos de fotografías, que Alejandro miró sin fijarse, mientras pensaba en su siguiente proyecto sentimental viajero.
-Fue algo sublime. Alicia y yo nos alegramos de haber optado por un riad y no por un hotel.
-¿Un riad?
-Un palacio. Es un poco caro, pero vale la pena gastarse unos eurillos más. La intimidad es total.
La intimidad nunca podía ser total pesó alejandro. Siempre aparecía algún sirviente metomentodo cuando nadie lo necesitaba ni a él ni al café o lo que trajera.
-¿Cómo van las cosas por aquí?
Alejandro se sobresaltó.
-Bien. Ningún problema.
-Entonces ¿el del banco nos concedió el crédito?
-Sí, no te preocupes. Deja el tema financiero para mí. Tú ocupate de que los empeados trabajen. Pasan el día conectados a Internet.
Alberto se levantó y salió dando un portazo. No le permitía a los administrativos entrar en la red para otra cosa que no fuera el correo electrónico. Alejandro aprovechó para mirar varias webs de turismo. El siguiente destino sería Marraquech.
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Sin el uniforme del centro comercial donde trabajaba, Marta estaba todavía más guapa. Una sonrisa de anuncio de dentrífico rompía casi en carcajada musical cuando lo veía venir hacía ella. Era alta. Superaba en unos centímetros la altura de Alejandro. Son los tacones, se dijo, aunque realmente no le importaba que una mujer fuera más alta que él. En la cama no se notaba la diferencia.
Marta lo abrazó. Alejandro se dejó besar. Los pasajeros que abarrotaban Barajas lo miraban con envidia, sobre todo los que iban acompañados por mujeres protestonas sin atractivo. Eso les pasaba por casarse. Meter una mujer en casa es amargarse la vida.
-¿Hace mucho que llegaste?
-No, cariño. Una media hora escasa. ¿Problemas en Lavacolla?
-No, salimos puntuales por una vez. A ver si ahora tenemos suerte.
Marta era una mujer práctica. Nada de excesos de equipaje. Sólo llevaba una maleta igual que él.
¿Cómo sería en la intimidad? Alejandro no quería perder el tiempo haciéndo cábalas. Nunca lo hacía. Simplemente lo descubría y ... adiós. Cuando conocía a una mujer perdía todo interés por ella. Pasaba a la siguiente desconocida que se encontraba en su camino aventurero.
Cuando llegaron al palacio, el muecín de una mézquita próxima recitaba a pleno pulmón una oración llamando a sus correligionarios al primer rezo del día.
-No creo que se oiga nada dentro.
Alejandro asintió. Los muros rojizos que rodeaban el jardín hacían pensar en un casarón de gruesas paredes. Alejandro abrió la puerta de madera con la llave que le había dado el empleado de la agencia que acudió a recibirlos al aeropuerto. Entraron. Aquello era lo más parecido al paraíso que Alejandro había visto en su vida. El frondoso jardín árabe se mezclaba con fuentes en una combinación perfecta de agua y vegetación. Un grupo de pajarillos de colores picoteaban las gotas cristalinas que emanaban de una fuente.
Marta sacó de su bolso una cámara digital y plasmó la escena. Le enseñó la foto. Alejandro cogió la cámara y la fotografió a ella.
-Tú sí que eres divina.
-¿Te gusto?
-Ahora lo voy a descubrir.
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Por la tarde visitaron el zoco. Estaba a rebosar. Los turistas europeos andaban un tanto despistados entre los distintos tenderetes. Alejandro cogió de la mano a Marta y la llevó hacía la zona de los curtidores. Todos gritaban "barato, barato". Alejandro se detuvo ante un barbudo vestido con chilaba. Le preguntó el precio de los cinturones.
-Cien dirhams.
-Te doy cuarenta y sales ganando.
-Noventa.
-Cuarenta y dos.
-Eso es poco. Ochenta y barato.
-No. Déjemoslo en cincuenta.
-Muy poco, señor. Setenta.
-Tenga sesenta o nada.
El curtidor calla, piensa un poco y finalmente le tiende la mano. Alejandro le da un apretón de manos con entusiasmo. Cuando le suelta la mano, el vendedor la sacude. Nadie le había apretado la mano tanto nunca. La siente dormida del dolor del apretón. Finalmente le entrega el cinturón.
Marta mira un bolso. Le encanta.
-Si quieres ese bolso deja que negocie yo el precio. Para comprar en el zoco hay que saber regatear.
Alejandro repite el proceso. Cinco minutos después se repite el apretón de manos. Ahora el curtidor los invita a un té con menta.
-Tú primero, cielo -le dice Alejandro.
Marta bebe el oloroso té. No hay peligro. Es una bebida de fiar. Es entonces cuando Alejandro toma el suyo.
Pasan una hora recorriendo el zoco. Hay carpinteros, curtidores, carniceros y artesanos. Todos gritan "barato, barato".
A Marta parece gustarle la ropa musulmana. Compra unas babuchas bordadas con hilos dorados y varios caftanes vistosos. Insiste en comprarle una chilaba a Alejandro.
-¿Para qué quiero yo eso?
-Te vale para dormir.
-Los hombres no usamos camisón.
-Creo que en los países árabes lo usan.
-Yo no soy árabe.
-Yo tampoco.
Marta sonríe con su sonrisa de dentrífico. Es guapa y tiene estilo. Lleva un traje de chaqueta verde de Armani. Alejandro cree que Marta se viste demasiado bien para lo que cabe esperar de una dependienta.
Finalmente compran la chilaba.
Dejan el zoco y se adentran en el centro de Marraquech. Cuando llegan a su riad Alejandro suspira aliviado. Ya pensaba que se habían perdido. Las callejuelas de la ciudad son laberinticas. Desde su palacio alquilado se divisa el minarete de la Katubia.
-Mira, cariño, el minarete es igualito al de la Giralda.
Alejandro se encoge de hombros.
-El arte musulmán es igual y repetitivo.
-Esta noche quiero ir a la fiesta de Jemaa el-Fua. Me dijo la chica de la agencia que se ven cosas espectaculares.
-¿La chica de la agencia?
-Me refería a la agencia de viajes del centro comercial. Le conté que venía a Marraquech y me recomendó algunas cosillas que no debía perderme.
-Los cuscús y las keftas.
-Eso no lo pienso probar. Odio las albóndigas.
-Las keftas no son exactamente iguales a las albóndigas que se comen en España.
-Llevan carne picada también.
Están limpiando la casa. Una mujer con velo musulmán les dice en un mal español que la planta baja ya está limpia. También les han hecho la comida. Desde la cocina les llega el olor inconfundible de los cuscús.