
El ladrón llegó disfrazado de butanero con una caja de herramientas en una mano y un rollo de goma en la otra. Don Agustín, un hombre tan campechano como sencillo, abrió la puerta.
-Revisión del gas -dijo el hombre.
-Pase, pase.
Don Agustín lo acompaño hasta una cocina que olía a sopa de ajo. El ladrón no pudo evitar un estornudo.
-Salud.
-Gracias.
-Las gomas las cambiamos hace cosa de seis meses. Nos costaron caras, ¿sabe usted? No recuerdo ahora el importe exacto, pero fueron muchos cuartos.
El ladrón las examina mientras don Agustín habla de la carestía de la vida.
-El pan, el aceite, las patatas, las lechugas, el vino,... ¡todo sube!
-Hay que cambiar la goma. Mire: está rota.
Don Agustín olfatea la cocina. No nota olor a gas. el único olor que hay es el de la sopa que acaba de preparase. A don Agustín le gustan las sopas. Siempre que va a la carnicería pide un hueso de esos que regalan para los perros. Si los canes están fuertes alimentándose de osamentas, don Agustín también lo está. Su salud es más fuerte que las rejas de la ventana de la cocina.
-Espere, espere... Eso tiene arreglo.
Don Agustín busca en el cajón de la mesa un rollo de cinta aislante.
-Le ponemos un poco de ésto y ya está.
-¿Dónde está el baño, señor?
-¿El baño? Venga por aquí.
El ladrón se fija en las lámparas del salón. En aquella casa hay dinero. el viejo tiene pasta. El ladrón agarra a don Agustín por la chaqueta del traje gris hecho a medida y los sacude.
-¡Ay que me mata! -grita don Agustín.
No puede gritar más: el ladrón le tapa la boca con una mano callosa. Don Agutín lamenta no haberse puesto la dentadura postiza. Sin dientes no puede morder los dedos del atracador.
-Calladito, viejo.
Don Agustín asiente. ¿Y si llora? Una lágrima cae por su mejilla mal afeitada.
-No me mate, por favor.
-¿Dónde guardas el dinero?
-En el banco.
El ladrón lo ata a una silla con un cordón blanco que saca del bolsillo del pantalón vaquero.
-¿Dónde está el dinero?
Don Agustín tiembla. Aquello va en serio. Se acuerda de los 180.000 euros que guarda en la caja fuerte de su habitación.
-El dinero lo tiene mi hija -miente-. Si me deja llamarla...
El puño del ladrón golpea la cara de don Agustín. Lo va a matar. Otro golpe lo hace tambalearse en la silla.
-¡Pare, hombre de Dios! Llévese los cuartos y no me pegue.
Don Agustín le dice al ladrón la combinación secreta de la caja fuerte.
-Mi vida vale más que treinta millones de pesetas.
-La mía también -dice el ladrón al sentirse mareado por el gas que se extiende por la vivienda.
La caja fuerte se resiste. El ladrón vuelve a marcar la combinación.
-¿Me dijo 24-12-1909?
-Sí, señor. En esa fecha nació mi hermano mayor. Una buena persona que nunca le hizo daño a nadie.
La puertecita abre. El ladrón mete la mano en el interior de la caja y empieza a quitar fajos de billetes.
-¡Cuánto me costó ganarlo! -se lamenta don Agustín-. Si pudiera volver atrás, me metía a ladrón como usted.
-¿En qué trabajaba?
-Fui comerciante. Tenía una tienda de esas que venden de todo.
El ladrón, cada vez más mareado, guarda el dinero en una bolsa de supermercado. Necesita más el aire que el dinero.
-¿Ya se va?
-¿Tiene más dinero?
-Dinero no, pero tengo aquí unas joyas que fueron de mi esposa. Puede llevarlas también.
-No, gracias.
-¿Quiere el tocadiscos? Está nuevo.
-Ya no se utilizan esos cacharros.
-La tele es nueva, pero si la quiere, se la doy.
El ladrón sale del piso dando tumbos. Cuando entra en el ascensor, oye a don Agustín gritar:
-¡Oiga! ¡Qué se ha dejado el dinero!
Vuelve a entrar y coge la bolsa que le tiende el anciano.
-Los millones eran para comprarle un piso al nieto, pero prefiero que los lleve usted. Mi nieto nunca viene a verme.