
¿Qué te hace feliz? iba preguntando Charly a los invitados de la fiesta de su primo Álvaro, todos jóvenes, guapos, altos, afortunados, risueños. Las sonrisas resonaban como una campana a medio tocar en la misa de domingo.
-Me hace feliz que te rías -le dice una rubia con los dieciocho recién cumplidos en la mirada de chica emancipada de la minoría de edad.
Más risas. Una guitarra española se hace hueco en el jolgorio juvenil. Aplauden. Álvaro pide silencio. Entonces un estruendo apaga la música.
-¿Qué ocurre?
Vuelve a oírse un ruido seco.
-Están cayendo los cuadros -observa Charly-. Esto es muy fuerte, chicos, muy fuerte.
Álvaro se acerca al cuadro de la tía Genara; lo toca. En sus dedos queda pegado el polvo. La tía Genara lo mira con su rostro arrugado risueño. Álvaro se fija en la rosa roja que luce bajo el pañuelo blanco. ¿Qué es aquella gota? ¿Pintura? Pasa el dedo índice por los pétalos pintados y lo saca teñido de rojo.
-¿Es sangre! -exclama-. Aquí pasa algo muy raro.
-Es pintura, tonto -dice Pepi-. No distingues una acuarela de un sangrado.
El cuadro cae, como dejándose caer, sin hacer ruido. Los invitados gritan. Una chica pierde un zapato en su carrera hacia la puerta del piso. La novia de Álvaro se abraza horrorizada a su mejor amiga. Charly, pálido como un muerto, se olvida de su encuesta sobre la felicidad. ¿Qué está pasando allí? Charly no cree en las paranormalidades. Tiene que haber una explicación científica.
-Sólo queda colgado el cuadro del tío Anselmo. ¿Apostamos cuánto tarda en caer?
Algunos invitados se atreven a apostar. Charly se horroriza más. ¿Cómo se atreve Álvaro a proponer semejante apuesta?
El tío Anselmo no se descuelga. Vestido con su traje de gaitero gallego, gaita al hombro, mirada azul mar, pelo escaseando prematuramente, se mantiene en la pared amarillenta sedienta de una mano de pintura.
-¿Serían felices los tíos? -pregunta Ana, la hermana de Álvaro. La abuela me contó que su hermana Genara era muy devota de la virgen de la Paloma. Siempre se vestía de chulapa el quince de agosto.
Se abre un armario y un mantón de Manila se desliza de la percha. Más gritos. Más carreras.
-Todo esto me jodió la fiesta -se lamenta Álvaro-. Tía, si andas por ahí, ya te vale.
En la calle empieza la verbena. La plaza de la Paja se llena de vida. Concursos, juegos, un ruidoso pasacalles, trajes típicos. Madrid se disfraza de Madrid para celebrar el día de la Paloma, su virgen del cuadro.
-Espero que a los bomberos no se les caiga el cuadro de la Paloma.
-¡Álvaro!
-Ayúdame a colocar los cuadros, Charly. No quiero que la familia sepa que los tíos andan por aquí en plan fantasma, sobre todo la abuela Sinda.
En el cuarto, doña Manola fuma su pitillo de todas las tardes. ¡Por fin acabó la fiesta del quinto! Mañana, cuando vaya a regar las plantas de su amiga Sinda, tendrá que volver a colgar los cuadros de Genara y familia. Que Dios la perdone, pero no resiste una fiesta de chiquillería moza; lo suyo son los chotis, no el chunga chunga. Mira como bailan los vecinos del 1º. Doña Manola se aparta de la ventana y marca unos pasos en su salón. Las tímidas siempre bailaron en la intimidad.