A mi nieta se le iluminó la cara cuando, una vez que deshizo el paquete, encontró una muñeca de porcelana pulcramente vestida al estilo años veinte. La pasión de mi nieta son las muñecas de porcelana. Las colecciona. Mi nuera siempre se queja por la cantidad de muñecas que decoran la habitación rosa de mi nieta Elena.
-Parece una tienda -suele decir-. Ya es hora de desmuñecarla. No se os ocurra regalarle otra muñeca y menos de porcelana.
Casi tuve que hacerle caso a mi nuera, a mi pesar, por supuesto. Llevo un mal año económicamente hablando. Mi pensión de viuda no llega a los cuatrocientos euros, y con cuatrocientos euros casi no tienes para comer y, mucho menos, para comprarle una muñeca de porcelana a la nieta por su décimo cumpleaños. Pero, ¿cómo se le dice a una niña que la abuela es pobre? Se me encoge el corazón con sólo imaginar su reacción. Quiero creer que se entristecería y yo no deseo por nada del mundo ser la causa de una preocupación de esta preciosa niña rubia, con los ojos tan azules como los de mi difunto esposo, su abuelo. Por eso callo. Por eso voy ahorrando todos los días unos céntimos que guardo en un jarrón hasta alcanzar la cantidad necesaria para comprarle su muñeca de porcelana.
Mi sacrificio no es sacrificio. Miro su carita iluminada de felicidad y me olvido de aquellos zapatos que necesitaba y no pude comprar.
-Yo también tengo un regalo para ti, abuela -me dice.
-No es mi cumpleaños, cariño.
Mi nieta me entrega un paquete envuelto con papel de regalo dorado.
-Espero que te guste.
Me tiemblan las manos. Mi hijo me ayuda a quitar la cinta. ¿Qué será?... Levanto la tapa de la caja de cartón y me encuentro ¡los zapatos! ¡Son los mismos que vi rebajados!
No puedo evitar emocionarme. Abrazo a la niña para esconder mis lágrimas.
-¿Te gustan, abuela?
-Son preciosos.
-Pruébalos.
Elenita me ayuda a descalzarme. Siento un poco de vergüenza: mis zapatos viejos están para tirar tras dos años de uso diario.
-¡Es tu número, abuela! Tenía razón papá: tu número es el 38. Mira, mamá. ¿A que le quedan perfectos?
iba llenando de céntimos día a día para comprar la muñeca de su hija, mi querida nieta Elena.