Álvaro Aguafiestas se levantó con el pie cambiado un 1 de enero, hizo propósito de enmienda y emepezó a enmendarse. Nada iba a ser igual en el vecindario, decidió. El barrio iba a mejorar aunque él no pudiera hacer otra cosa que no fueran tareas inspectoras. -¡Buenos días! -le chilló a la portera del edificio. -Feliz año, don Álvaro. -¡Le he dicho buenos días! La mujer parpadeó asombrada. El hijo de doña Benita nunca había sido tan estricto en el saludo. Igual de asombrado quedó el kioskero cuando don Álvaro le exigió quitar las revistas pornográficas de las estanterías. -¿No ve que hay niños, hombre de Dios? Esas revistas suyas los inician en el camino del mal gusto. -Sólo le vendo estas revistas a los mayores de 18 años. -Todavía peor, mucho peor. Por su culpa, los novios no llegan castos al matrimonio y se incrementa la cifra de abortos en el país. -Las revistas se venden bien. -¿Quién las compra? A ver, quiero saber los nombres de los viciosos -álvaro Aguafiestas le entregó al kioskero papel y bolígrafo-. Anote ahí los nombres -le exigió. -Yo no soy un chivato -le contestó el hombre, con la cara roja como la grana y la calva brillante por los sudores que le provocaba don álvaro. -¿Chivato? ¿Me está usted llamando chivato a mí? ¿Cómo se atreve? Lo denunciaré al policía de proximidad para que le cierren su kiosko pornográfico. El kioskero le pidió por sus hijos que no lo denunciara. Estaba pagando el préstamo que necesitó para abrir el negocio, una hipoteca por un piso de cuarenta mertos cuadrados y una línea de crédito con la que financiaba el capital circulante de su humilde kiosko. -Si se arrepiente y retira el material pornográfico, hablaré con el Alcalde para que le permita seguir vendiendo prensa. Don álvaro siguió su camino hacia la iglesia. Allí encontró a un gruto de mendigos. -¿Qué hacen ustedes en las escaleras de la casa de Dios? Vayánse de aquí. ¡fuera! No, no, no se me acerquen. ¡No me toquen! ¡Quietos! Los gritos de álvaro Aguafiestas llegaron a los oídos del párroco. Don José salió de la sacristía alarmado. -Excomulgelos, don José. No merecen la gracia del bautismo. Don José agarró a don Álvaro por un brazo y lo condujo hacia el confesionario. -Cuénteme sus pecados, don álvaro. -La portera no me da los buenos días, el kioskero vende revistas pornográficas, en la puerta de esta iglesia se practica la mendicidad, me salió una novia espontánea que quiere casarse conmigo en la Almudena. -¿Una novia? ¡enhorabuena! Su madre va a ser muy feliz cuando la hagan abuela, don Álvaro, muy feliz. -No creo que resista un acto sexual con ella, padre. Es mucha mujer para mí. Voy a tener que dejar sin consumar el matrimonio. El sacerdote intenta animarlo. Siente gran compasión por don álvaro, un joven de aspecto delicado, con buen corazón y peinado extraño. Don José no se atreve a recomendarle su peluquero para cortarle la coleta castaña. |
