La abuela no tomaba pastillas, las comía como una niña come caramelos. Creía la abuela que una persona debía automedicarse preventivamente. Así, uno evitaba una tensión alta o ese colesterol tan malo del que habla todo el mundo. Nadie en la familia le hacía caso a la abuela. Todos la oían, pero no la escuchaban. La abuela les dijo que había encontrado en el tocador de Adelita, la nieta pequeña, unas pastillas que le iban bien. La hija se encogió de hombros. El yerno le aconsejó no abusar del consumo de caramelos. Los dos nietos mayores siguieron jugando con la play station. La nieta cambió de cajón las píldoras y le dijo a su madre que había que ingresar cuanto antes a la abuela en una residencia de ancianos. -Cualquier día nos da un susto, mamá. El susto no tardó en llegar. Fue una semana más tarde. La abuela Dolores se agarró al pecho y gritó que moría. Era domingo y jugaba el Real Madrid. Los gritos de la abuela pusieron fin al fútbol. El yerno apagó el televisor y la llevó al hospital para que no se les muriera en casa. La abuela seguía gritando cuando llegaron a urgencias. Explicó a gritos que la mataba una pastilla que acababa de tomar. -Era de mi nieta, doctor. Ella le dirá quien se la recetó. La nieta, en casa, se mordía las uñas angustiada. La abuela había tomado un frasco completo de píldoras del día después. Adelita las había comprado en una farmacia con el fin de evitar embarazos entre las amigas del instituto. Lola, la hija, regresó del hospital dos horas más tarde. La abuela Dolores seguía gritando, pero los médicos le habían asegurado que no moriría esa noche. -Creo que se nos volvió loca, cariño. La abuela ya no es la que era. -¿Qué pastilla tomó? -Supongo que se tragaría las pastillas de Avecrem que nos faltan de la despensa. Una semana después, la abuela Dolores seguía gritando en la séptima planta del hospital. La familia se informó sobre las posibilidades de practicarle una eutanasia para poner fin al sufrimiento de la abuela. -¿Le hará efecto? -preguntó la nieta. -La eutanasia es letal -les aseguró un médico. La hija pidió una semana para meditar la decisión. En el fondo, seguía siendo católica y, que ella supiera, el Vaticano no permitía acortar la vida de nuestros mayores. La abuela, entre grito y grito, seguía tomando pastillas, ajena al debate sobre su eutanasia. Alguna pensaba, la curaría. Así fue. La abuela Dolores dejó de gritar cuando se enchufó en un brazo el gotero de su compañera de habitación. -Esto es la gloria bendita -murmuró. Fueron sus últimas palabras antes de morir. |