Monday, September 07, 2009

La brocha gorda

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Anacleto salió de su casa vestido con un mono de pintor de brocha gorda, un cubo de pintura blanca en la mano y una pistola de pintar. Iba hacia su primer trabajo.

 

 -¿Ya te disfrazaste, Anacleto? -le preguntó el vecino del 1º-. No has sido muy original, hombre. Un disfraz de obrero nunca llevará el primer premio del concurso..

 

 Amelio se refería al concurso de disfraces que todos los años se celebraba en el Centro Cívico Los Álamos. No imaginaba que Anacleto había pasado de ingeniero a pintor de brocha gorda, tras tres meses de desempleo con 58 años cumplidos.

 

 La esposa de Ginés no daba crédito a sus ojos. Pensaba que Anacleto les iba mandar un pintor de confianza. Nunca pensó que fuera él mismo el susodicho.

 

 Anacleto sonreía y callaba. Preparó la pintura, se remangó el mono blanco e inició la tarea. La esposa de Ginés corrió a cerrar la ventana.

 

 -¿No querrás que te vean los vecinos, verdad?

 -Pues casi lo prefiero. Estoy buscando clientes. Ahora soy pintor de brocha gorda.

 

 Al mes siguiente, Anacleto tenía una amplia cartera de clientes. Ginés, el amigo que le había confiado el pintado de su salón, se vio afectado por un ERE.

 

 -¿Por qué no te metes a jardinero? -le sugirió Anacleto-. Eres un manitas con las plantas, Ginés.

 -Mi marido es economista -dijo la esposa.

 

 Ginés comprendió que su esposa amaba al economista. No podía ser otra cosa.

 

 A Anacleto, en cambio, la vida le sonreía. Compró una furgoneta y contrató un par de ayudantes. También empleó a Jimena, su esposa, como secretaria. Alguien tenía que atender las llamadas de los clientes.

 

 Un día encontró a Ginés durmiendo en el cajero del banco. Su amigo le contó entre sollozos que su esposa lo había dejado.

 

 -Me impuso el divorcio -se lamentó-, el divorcio exprés. En tres meses estaba sin mujer, sin hijos, sin nietos. No soy nadie, Anacleto, nadie. Dios me hizo una mala faena.

 -Ven a trabajar conmigo.

 -Nunca se me dio bien pintar.

 -Puedes fregar los suelos. Mira, se me acaba de ocurrir una idea genial: ¡serás limpiador! No te va a faltar trabajo, Ginés.

 -Es un trabajo de mujeres pobres. Yo soy un hombre, Anacleto, y soy economista.

 -Estás durmiendo en un cajero.

 -Agoté los cuatro días del albergue de las monjas.

 

 Anacleto no consiguió convencerlo. Ginés siguió durmiendo en el cajero hasta que un día lo echaron de allí. Vagó por la ciudad sin rumbo. Lo había perdido todo. Sus pasos silenciosos lo llevaron hasta un edificio que estaban pintando.

 

 -¡Anacleto! -chilló-. Baja de ahí, hombre, que eres ingeniero de minas.

 

 El pintor de brocha gorda lo miró sonriendo. No era Anacleto, ni jamás había pisado una universidad.

 

 -Vaya, perdona, hombre. Te había confundido con mi amigo Anacleto -se excusó Ginés, y siguió andando.