Monday, May 03, 2010

El divorcio de los vecinos


El señor Arturo sacaba los billetes de la pensión del cajero automático de espaldas a la calle. Sus pies pisaban el cartón que le había dado calor a un sin techo. En una esquina, había una lata de cerveza sin acabar. Arturo se vistió la chaqueta mientras el cajero automático expulsaba el resguardo de la operación.

Gerarda se detuvo ante el cajero. ¿No era aquel su vecino? Se santiguó. Después de tantos años oyendo las discusiones de Arturo con la parienta, veía el desenlace de un matrimonio: Angustias había echado de casa a Arturo. Gerarda corrió a su casa.

-Pepe, ¿sabes que se divorciaron los vecinos?
-¿Qué vecinos? -le preguntó su marido.
-¿Qué vecinos van a ser? ¡Arturo y Angustias! Arturo durmió en el cajero de Caixa Galicia. Pobre hombre.

Pepe se encogió de hombros y siguió dando de comer al canario.

El dueño del bar Eureka abrió los ojos como platos. ¡Arturo se estaba vistiendo en el cajero! Abrió la puerta y lo ayudó a ponerse la chaqueta.

-Tienes que ir a Cáritas, Arturo. Allí te ayudarán. A tu edad no puedes dormir en la calle. Ven al bar, hombre, que te doy el desayuno.
-Ya desayuné.
-¿Una cerveza? Es temprano para beber, Arturo, hombre. Yo te haré un desayuno como dios manda.

Gerarda llegó jadeando con una bolsa de magdalenas.

-Toma, Arturo. Pepe se las da al canario, pero tú las necesitas más.
-¿Y yo para qué las quiero?
-Para comer. Anda, como, hombre, que están buenas.

El dueño del bar lo anima a comer. Todavía no ha encendido la máquina del café y debe comer algo.

-La noche en la calle es muy dura.

Les cuenta que él fue un sin techo entre su primer y segundo matrimonio.

-Gracias a Dios era joven y encontré una nueva pareja con casa. Ahora yo pago la hipoteca de mi ex y el ex de Clara paga la hipoteca de nuestra casa.

Gerarda se vuelve a santiguar. Ella no querría una vida así. Prefiere estar casada toda la vida con la misma persona.

Arturo intenta decirles que no es ningún sin techo, pero no lo quieren escuchar. Se ve arrastrado al bar por sus dos benefactores, sentado en una silla y obligado a comer magdalenas. Saca del bolsillo un billete de 50 euros para pagar el café.

-Guarda el dinero, Arturo, que falta te hará.

El dueño del bar le mete el billete en el bolsillo de la chaqueta.

-Estáis equivocados.
-Calla y come -le dice Gerarda-. Ya hablaré yo con la asistenta social para buscarte cobijo. Tú no te preocupes, Arturito.

Arturo desayuna café recién hecho con magdalenas de panadería industrial. En su casa lo tratan peor. Angustias nunca le dice que coma, al contrario. Su mujer no lo quiere.

-No llores, hombre, que aquí estamos los amigos para ayudar.

Gerarda le da unos golpecitos en el hombro. Arturo la mira con sus ojos llorosos. ¿Por qué no se habrá casado con una mujer como Gerarda? Pepe no sabe la suerte que ha tenido. Gerarda, a sus sesenta cumplidos, está hecha una moza. Siempre de la peluquería. Siempre bien vestida. Siempre atenta con los necesitados.

Arturo se deja querer. La mujer del dueño del bar insiste en darle la comida.

-Un plato de comida no se le niega a nadie y menos a un vecino.

Allí come, rodeado de niños que juegan al futbolín y jóvenes que gastan los euros en el billar. Está comiendo el postre cuando Radio Nacional da la noticia: "Se busca un hombre de setenta años, delgado, calvo, vestido con pantalón gris y chaqueta marrón". Dan nombre y apellidos. Arturo mira a la barra. El dueño del bar parece que no ha oído la noticia. Respira aliviado. Con un poco de suerte, le dan más café, más magdalenas y una cena mejor que las que le prepara su Angustias.

Quien sí ha oído la noticia es Gerarda. Se enfada. Su vecina no tiene corazón. Primero echa de casa al pobre Arturo y ahora lo busca por la radio.

-Voy a decirle cuatro cosas a esa fresca.
-Cálmate, mujer. No te metas en líos de matrimonio -le pide su esposo.

Gerarda no le hace caso. Se planta a la puerta de Angustias y la recrimina por dejar que Arturo durmiera en un cajero.

-Hasta a un perro se le trata mejor.
-Arturo durmió en casa.
-Yo misma lo vi vistiéndose en el cajero de Caixa Galicia. Yo y el del bar. Tuvimos que darle de comer, Angustias, porque sólo tenía una lata de cerveza.
-¿Dónde está?
-En el bar recibiendo caridad.

Angustias llora. ¿Qué caridad? Una borrachera es lo que recibe. ¿Cómo va a llamar a la radio diciendo que su marido apareció en el bar del barrio? No, ella no dice tal cosa. Los de Radio Nacional enviarían una unidad móvil para entrevistar al borracho desaparecido. Cierra la puerta y sigue llorando en la intimidad. Su perrillo se le cuelga del mandil, le lame las zapatillas desteñidas y ladra. Angustias acaricia la cabeza peluda del animal y apaga la radio justo antes de que vuelvan a anunciar la desaparición de Arturo.

Gerarda se acerca al bar. Ya han llegado un grupo de vecinas, que hacen corro entrono a un Arturo gimoteante.

-Se va enterar nuestro hijo, el de Madrid.
-Tienes que llamar a la radio, Arturo, y decir que estás vivo -le dice Gerarda-. Si quieres, llamo yo. Les diré que soy la vecina del hombre desaparecido y les contaré que Angustias se ha arrepentido de haberte echado de casa. ¿Vas a volver con ella? Te lo pregunto para poder decirles si te divorcias o la perdonas. Yo de ti no la perdonaría.
-Llama a esa radio -la interrumpe Arturo-. No quiero que el chaval sepa esto.

Arturo esa noche duerme en casa, como la anterior y todas las anteriores. Los vecinos vuelven a escuchar las discusiones de la pareja, de las que tampoco se entera el hijo de Madrid. Pepe le dice a Gerarda que, si él fuera Arturo, preferiría dormir en el cajero.

-Esa mujer lo va a matar.
-¿Llamamos a la policía?
-No, mujer, son cosas de ellos.
-¿Y si lo mata?
-Las estadísticas dicen que pocos hombres mueren por maltrato doméstico.
-Alguno muere

Gerarda ya ve al vecino asesinado a manos de la parienta. ¡Pobre Arturo! Tan delgado como está no puede defenderse de una mujer obesa.

Cuando se acuestan, todavía no se ha terminado la discusión. Gerarda pega la oreja a la pared. Parece que discuten por dinero. Deben estar haciendo testamento y Angustias no quiere dejarle nada a la nuera de Madrid.

Por la mañana, Arturo despierta en el cajero. Espera a ver si los vecinos le echan una mano. Pasan las horas. Nada. Hoy, cuando tiene hambre, Gerarda no le trae las magdalenas del canario y el dueño del bar no lo obliga a tomar un café. En la radio tampoco hablan de su desaparición.

-Y tú, cabrón -le dice al cajero-, no echas un euro. Angustias me sacó la tarjeta, los vecinos me ignoran, los de la radio no me echan de menos y mi hijo está en Madrid.


---------------

Compra el precioso reloj de la foto