Sólo a las niñas guapas y a los hermanos que se las presentaban les prometía que los llevaría en su pequeño barco de pescador hasta el islote deshabitado. Encarna, la niña de ojos verdes inquisidores, imaginaba esa pequeña isla llena de piratas que se repartían los botines mientras espiaban a los guardias civiles que cruzaban la ría en sus lanchas rápidas. Un día el tío la llevó al islote. No había piratas ni se veían guardias. El islote era un desierto habitado por un loro al que el tío le daba trozos de pan.