Thursday, October 24, 2013

Candela

 En la mesita de noche está la foto de Candela, mi compañera de pupitre, la que entrenza mi pelo cuando la profesora mira para otro lado y no nos riñe al ver como los dedos de mi amiga acarician mi melena rubia. Candela es idéntica a Alaska. Se maquilla igual que la diva de la movida. También canta las canciones de Alaska, pero en el patio del colegio. Los escenarios no entran en sus planes de futuro. Candela quiere ser abogada para defender a los pobres.
 Han pasado veinte años. Ya no vamos al colegio donde la señorita Celsa nos daba collejas cuando nos veía entrenzarnos una a la otra las largas melenas. Candela me suele invitar a la casa de sus abuelos. Allí paseamos abrazadas por el largo pasillo de los retratos de sus antepasadas. Sólo hay retratos de mujeres. Los retratos de los hombres llenan las paredes del pasillo del fondo. Pero a nosotras nos gusta el pasillo de las mujeres, como lo llama Candela. Un día me llamó la atención una señora vestida de monja.
 -¿Quién es? -le pregunté a mi amiga
 -La hermana de mi bisabuela Francisca. Se metió en el convento de las clarisas cuando sus padres querían casarla con el hijo de unos vecinos. Se llamaba Candela y era como yo... y como tú.
 Candela saca de un armario que hay al fondo del pasillo una caja de madera llena de piedras. Me cuenta que es la colección de piedras de la otra Candela.
 -Mi tía coleccionaba piedras sin valor. Mira este trozo de teja. Creo que es del tejado de la casa de su amante, una mujer que estaba casada con el alcalde.
 -También hay dientes -observé.
 -Son sus dientes de leche.
 Candela guarda la caja en el armario y saca unas muñecas que están llenas de polvo. Son muñecas iguales. Me dice que son de su antepasada.
 -Le gustaban tanto las muñecas que seguía jugando con ellas de mayor. Algunas las llevó al convento. La superiora se las quitó y se las dio a la madre de Candela porque la familia había caído en desgracia.
 -¿Qué les pasó?
 -El padre de Candela jugó todo su dinero a las cartas en la taberna del pueblo. Las muñecas sirvieron para que la hermana pequeña de Candela tuviera con que jugar. La niña rompió la que más le gustaba a su hermana, la que era distinta a las otras muñecas. Yo le he puesto una camiseta para que no se le vean las piernas rotas. La rompió el día que su padre se suicidó.
 -Una historia triste.
 Mi amiga asiente. Desde entonces, cuando iba a la casa de sus abuelos siempre sacábamos las muñecas de la otra Candela del armario y las metíamos en nuestra cama. A mí me gustaba la única muñeca que era distinta, la que tenía una camiseta rota en vez del vestido azul que llevaban las otras.
 Un día cambié la foto de mi mesita de noche. Quité del marco la foto de mi Candela niña y coloqué una foto de la muñeca de la Candela antepasada de mi amiga. Fue el día que Candela me dejó. Pero no quiero recordar ese día. Prefiero recordar el día en que le dijimos a todos que nos amábamos de mujer a mujer. Era mi cumpleaños. Candela me besó delante de nuestros amigos. Unos apludieron. Otros tosieron. Alguno se marchó sin despedirse. Sólo les anunciamos nuestro amor a los amigos. Las familias siguieron pensando que lo nuestro era una amistad de toda la vida sin relaciones de cama.
 Mi vida ha cambiado sin Candela. Mis noches también. Desde que me dejó para casarse con el hijo del mejor amigo de su padre todas las noches me visita Candela, la antepasada del cuadro. Me da un beso en la frente y acaricia con sus dedos descarnados mi melena rubia hasta dejarla entrenzada en una trenza igual a la que me hacía mi amiga en las clases de la señorita Celsa.
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RELATO PUBLICADO EN CIAO COMO CAYETANA33 
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