El cine olía a chorizo de aldea cuando una mujer se quejó por el aroma de mi bocadillo. Su hijo, un niño de mofletes rojos, comía con buen apetito unas palomitas.
-Para que después hablen de los que comemos palomitas.
-Tiene razón, señora -le dije-. Somos peores los espectadores carnívoros.
Guardé mi bocadillo en el bolso de mi novia, una chica teñida de rubio que sólo tenía ojos para Brad Pitt.
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