El aeropuerto se iba a inaugurar y yo quería estar allí para ver llegar el primer avión y sumarme a la fiesta. Todas las noches soñaba con la inauguración del aeropuerto de Alvedro, sito a unos sesenta kilómetros de mi aldea de Carballo. Me valdría el vestido de la fiesta de agosto para asistir al evento, aquel vestido de pequeñas flores blancas sobre un fondo azul que me había hecho la modista de la casa Queijo, donde trabajaba.
Tenía que ir. Me tenían que dejar ir porque yo deseaba tanto ve un avión cerca como los viejos de la aldea deseaban ver el mar. El hijo del tío José fue haciendo la lista de los que irían. A su hermanastra la llevaba. Iría el viejo. El criado Ramón también. Algún jornalero. Los restante asientos del coche de línea los llenaría con los parroquianos, previo pago, claro. ¿Y yo?, pregunté. Me miraron sorprendidos. El hijo del tío José dijo que no tenía asiento libre para mí en el coche de línea, además alguien tenía que quedar en casa atendiendo a los animales y cuidando del hijo discapacitado.
Era una esclava. Llevaba más de diez años trabajando de sol a sol dentro y fuera de casa. Para mí no había un domingo de misa. Me regateaban hasta los bailes del día del Patrón. Aquella no era vida.
Subí a la habitación para hacer la cama. En aquella casa las camas se hacían después de atender las necesidades del ganado. Abajo, en la cocina, al calor de la lumbre, organizaban la excursión a Alvedro. Me sentía despreciada.
Aquella noche decidí marchar de la aldea y de la casa de los Quijo. Iría para La Coruña, a trabajar en las casas de los ricos de la ciudad, igual que las otras chicas del pueblo. Mamá se iba a alegrar cuando se lo dijera. En La Coruña estaba mi hermana Carmucha coruñeando con un tal Enrique. Yo también iba a coruñear porque estaba segura segurísima de que en La Coruña estaba mi Ramón, el chico moreno con el que soñaba hacía años.
El aeropuerto de Alvedro se inauguró sin mí. Cuando vi los aviones subir y bajar ya se había acabado la fiesta de la inauguración. Unos años después asistí al horror del accidente. Acababa de nacer mi niña, mi hija querida, después de tres años de matrimonio con mi Ramón, el chico con el que coruñeé, el amor de mi vida. Los tres vivimos muchos años al lado del aeropuerto de Alvedro, que se convirtió en el telón de fondo de la función teatral de mi vida.
Y ahora... permítanme bajar el telón, señores, y decirles... que tampoco podré asistir a la fiesta de los 50 años de la inauguración del aeropuerto de Alvedro. No podré asistir porque estoy muerta. Fallecí en Oleiros el 4 de febrero de 2013. Este artículo lo está escribiendo mi hija Pili. Gracias por leerlo.
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