Tuesday, August 19, 2014

Andares de Camilo José Cela

 Jacinto decidió un día ser escritor como quien decide ser del Real Madrid. Pensó en su madre muerta y cogió el bolígrafo de su hijo, un adolescente picado por el acné y lector de novelas del Oeste. Jacinto empezó a filosofar. Escribió sobre ruiseñores muertos, describió señoras con collares de perlas, habló de un policía jubilado que podía haber sido su padre. Era un genio. Escribía y bebía cerveza.
 
 -Ya tengo una novela -le dijo a su hijo adolescente al cabo de dos meses-. La abuela es la protagonista.
 -Te admiro, papá.
 -Lo sé, hijo.
 
 Llevó su novela, fotocopiada en papel reciclado por las librerías de Benidorm. Ningún librero aceptó el texto. Jacinto probó suerte en los kioskos. Un kioskero aceptóhacerle hueco a aquellos papeles al lado del ¡Hola! al ver la fotografía de la madre de Jacinto. La vendió bien.
 
 -Traiga más ejemplares.
 -Ni uno más le traeré. Me niego a hacer literatura de kiosko.
 
 Jacinto siguió pateando librerías. También visitó editoriales. Seguían rechazando sus ejemplares fotocopiados.
 
 -¿Ya no vendes papeles en el kiosko? -le preguntó una vecina.
 -Mi novela se venderá en las mejores librerías.
 -¿Novela? -preguntó sorprendida la vecina-. El kioskero me vendió aquellos papeles para limpiar el culo. ¿No eran papel higiénico?
 
 Jacinto levantó la cabeza muy digno y echó para fuera toda su barriga cervecera.
 
 -Soy un escritor.
 -¿No eras barrendero?
 -Barrendero era tu marido antes de prejubilarse. Yo siempre fui escritor.
 
 La vecina quedó mirando como marchaba echando barriga. Debía ser escritor, pensó. Tiene andares de Camilo José Cela.
 
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