Sara echaba en falta su vida bohemia en Viena. Vivir en La Coruña y ganarse la vida vendiendo ropa de marca rebajada en el outlet no era lo suyo. Se sentía prisionera del capitalismo. Sara adoraba Viena. Sus calles tranquilas, limpias, los bares con música en directo, las pastelerías donde compraba aquella deliciosa tarta con mermelada de melocotón cubierta con una capa de chocolate exquisita.
En La Coruña había encontrado un amor de temporada. Era un chico que siempre vestía pantalones vaqueros y camisetas robadas en el outlet. A Sara le gustaban los ladrones.
Lo conoció en el outlet. Berto había salido del probador más gordo gracias a cinco camisetas superpuestas.
-Nos marchas con cuatro camisetas.
-¿Me vas a denunciar, nena?
-Te denunciaré si no me invitas a una copa.
Berto la esperaba a la salida. Fueron en taxi hasta el Orzán. Berto no le dejó pagar la carrera.
-¿Tienes dinero? -le preguntó Sara sorprendida.
-Soy hijo de un puto juez. Mi padre paga, guapa.
Era perfecto. Su única desventaja era que no le gustaba viajar. A Sara le habría gustado llevarlo con ella por los bares de Viena.
