Sólo nos podíamos casar en otoño. Jorge tendría su depresión anual y quedaría perfecto en las fotos de la boda. Un novio ojeroso, nervioso. Papá vendría al banquete con una cesta de setas. Mamá se pondría a gritar histérica nada más ver las coloridas setas. Sólo ella sabría que eran venenosas. Los invitados las comerían.
Empecé a preparar las invitaciones con unas cartulinas y unos rotuladores baratos.
-¿Nos casamos? -me pregunto Jorge.
-Sí, cariño. ¿Te gustan las invitaciones?
-Son bonitas.
-Ahí tienes la lista de invitados. Ve llamándolos por teléfono.
Jorge acabó de telefonear a las doce de la noche. Todos le habían dicho que vendrían.
-Tu padre nos trae sus setas. Dice que hay muchísimas en el Monte del Pino Seco. ¿Crees que serán comestibles?
-Por supuesto, amor. A los invitados al bautizo de mi sobrino les sentaron muy bien. Sólo fueron al hospital veinte. Los cinco restantes fueron directamente para el cementerio.
-Entonces las setas las reservaremos para mi jefe. Le encantan.