Acababa de recibir el e-mail de despedida. Te dejo, había escrito Liza en negrita. Andrés pensó que se volvía loco. Gritó como no había gritado nunca, pero ningún vecino llamó a la policía. Todos sabían que tenía problemas de cabeza, como decía su madre a las amistades.
-Mi hijo no tiene arreglo.
-¿Toma el tratamiento? -le preguntaba su mejor amiga.
-Por tomar hasta toma aspirinas, ro no le hacen nada. Sigue loco.
También se lo contó a Liza cuando empezaron a hablar de boda.
-Te casas con un loco.
-No exagere.
-Sé de lo que hablo.
Su madre le pidió que lo dejara. Liza no le hizo caso. Estaba enamorada y una mujer enamorada nunca creería que su chico tiene la cabeza averiada.
Andrés recordó los días felices. Hacían senderismo por los alrededores boscosos del pueblo. A Liza le gustaba andar. Andrés no recordaba haberla visto nunca en un autobús cuando el trayecto no superaba los dos kilómetros.
¿Cuándo empezaron a ir mal las cosas? Tal vez fue el día que Liza estaba en su casa y cogió el teléfono. Era su psiquiatra. A Liza le cambió la cara. Fue entonces cuando empezó a creer que era la novia de un loco.
-¿Nos casamos? -le preguntó Andrés cuando empezaba a temer perderla.
-¿Quieres casarte conmigo? -le preguntó Liza.
-Sí. Te amo
Liza empezó a organizar la boda sin ganas. Sus padres estaban felices. Decían que su hija hacía un buen matrimonio. Se casaba con el hijo de don Roberto, el alcalde del pueblo. La boda se iba a celebrar dentro de una semana.
Andrés se sentó delante del escritorio y contestó el e-mail de Liza. Era el fin, pensó. Lo seguía pensando cuando llegó a la estación del tren. Cuando Liza abría su correo electrónico, Andrés hacía chocar el tren que conducía con un tren de mercancías.
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